No me toque la caja

FERNANDO FERNÁNDEZ
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CATALUÑA y Galicia amenazan con recurrir el fondo de rescate bancario. Andalucía no lo necesita. Se ha adelantado y ha consumado su fusión intrarregional de Cajas. Se ha cerrado un ciclo político. España no existe, sólo las comunidades. La unanimidad es total, las Cajas no se tocan, son nuestras. Nada une más que un buen enemigo externo. Ha bastado el rumor de que Caja Madrid contemplaba la fusión con Caixa Galicia para que socialistas, populares y el Bloque aparquen sus diferencias irreconciliables en defensa de la tierra, del ahorro de los gallegos, del sudor de nuestros emigrantes. En Valencia no ha pasado lo mismo con la CAM porque los trajes de Camps aún están frescos y el contagio chavista de De la Vega, demasiado reciente. Pero no teman, ya se han encargado del tema los órganos de gobierno de la Caja, debidamente elegidos y aleccionados.

Es tremendo. Y a nadie parece importarle. Bueno quizás al gobernador del Banco de España y al aún sin desempaquetar secretario de Estado de Economía, que saben que la crisis bancaria se convertirá en sistémica y anulará toda posibilidad de recuperación en diez años. Pero con todo cariño, quien juega con fuego se quema. El FROB no hacía falta. Era un apaño político para negociar con las comunidades autónomas en vez de aplicar la ley de intervención bancaria. Y la negociación tiene estas cosas, que uno se queda en minoría porque los suyos le siegan la tierra bajo los pies y los contrarios se pasean silbando. La historia de la Transición tiene algunas peculiaridades pendientes de explicar. Una es la dimisión de Suárez, pero otra quizás más determinante, porque la primera ni siquiera retrasó la llegada de los socialistas, es el fracaso de la LOAPA. Con ella sucumbió el último intento de poner algo de racionalidad en el desarrollo autonómico. Desde entonces hemos vivido un proceso centrífugo de diferenciación e imitación sin límite. Y una tercera, es la esquizofrenia de un país que decide privatizar su sistema financiero mientras crea una banca pública autonómica. Lo que se le niega al Estado central se le permite a los cantones. Lo extraño, lo que queda para psicoanalistas más que politólogos, es que no fueron los ultraliberales los que tomaron la decisión de privatizar y los intervencionistas la de protegerse nacionalizando el terruño financiero. No, todos los partidos aceptaron este doble esquema, porque parafraseando a Carlos Rodríguez Braun, hay mucho franquista en todos ellos, donde más, por cierto, en los partidos nacionalistas, y todos tenían añoranza del INI, ese maravilloso instrumento de clientelismo político, patronazgo e intervención. Restablecerlo por las bravas era demasiado evidente, y nos hubiera ocasionado problemas con Bruselas. Más inteligente fue utilizar las Cajas, convertirlas en bancos de desarrollo regional. Los que nos atrevimos a denunciar el fraude éramos unos resentidos, unos apestados, contaminados de la gripe A del neoliberalismo.

Supongo que a estas alturas del debate nadie, ni siquiera los propios presidentes de Cajas ni el secretario general de la CECA, se atreverá ya sin sonrojarse a proclamar la naturaleza privada de las mismas. Porque la verdad es que para ser privadas, mucho opinan y deciden los políticos. No recuerdo yo, por ejemplo, que cuando la Caixa compró el Banco Herrero, una institución clave en Asturias, se aprobara un decreto en el Parlamento autonómico para expropiar a sus legítimos dueños e impedir el expolio a la Tierra. Justo lo que sí se está haciendo cuando son las Cajas las compradas bajo el envoltorio jurídico de una fusión entre ellas. Porque insisto, la noticia es tremenda. Es una de esas decisiones que nos empobrecen a todos. No es solo pésima política económica, es pésima política. A nadie le importan la consecuencias generales, eso que antes llamábamos el bien común, sólo nos preocupa mantener «lo nuestro». Puro proteccionismo, camino de servidumbre que diría Hayek.