No quiero saber nada de Harry Potter

Por Luis Ignacio PARADA
Actualizado:

No pienso ver la película más mercantilizada de todos los tiempos. Tengo el firme propósito de no leer ninguno de los cuatro libros de Joanne K. Rowling de los que ya se han vendido 120 millones de ejemplares. No caeré en la tentación de entrar en ninguna de las 46.332 páginas que hay en Internet. No quiero caer en la pottermanía, la mayor de las estrategias de marketing, merchandising y franquicias de la historia. Me importa un rábano el aprendiz de brujo, el descubridor de la Cámara Secreta, el liberador del prisionero de Azcabán, el mequetrefe que acepta los desafíos del Cáliz de Fuego. Además, ya sé de qué va a tratar el quinto libro que está por escribir: de una sociedad secreta llamada Órden del Fénix, donde Hermione será nombrada Prefecta. También sé lo que ocurrirá en el sexto, todavía sin concebir: Harry encontrará la Llama Verde que cura el bien y mata el mal, y vivirá su primer amor.

No compraré videojuegos, camisetas, puzzles, platos, vasos. Ni juegos de cartas, muñecos de peluche, juegos del ahorcado, escobas voladoras, helados levitadores, diablillos negros de pimienta, cucarachas de chocolate, ranas de pistacho, ratones de helado, babosas de gelatina, tazas mordedoras, plumas de azúcar hilado. No me suscribiré al club de fans por la Web. No dejaré que me regalen un e-mail por participar en un chat. Ni haré click en el botón de abajo para entrar en el sorteo del sombrero seleccionador.

Yo también fui campeón escolar de ese fútbol aéreo que se juega sobre escobas, encontré la piedra filosofal, pertenecí a una sociedad secreta, liberé a mis amigos de las garras de los dragones, custodié la Cámara donde se guardaba el Cáliz de Fuego, descubrí la Llama Verde del primer amor. No pienso ver Harry Potter ni leer ninguno de sus libros. No quiero que nadie se invente mi autobiografía. No estoy dispuesto a que me restrieguen por la cara los sueños que tuve de niño.

Luis Ignacio PARADA