Vista del último eclipse, desde Kansas (Estados Unidos)
Vista del último eclipse, desde Kansas (Estados Unidos) - AFP

No es malo mirar al cielo

Tan apresados en vanidades y soberbias, no es raro que asumamos que, en medio del cosmos, solo somos un microscópico escupitajo galáctico, como suele recordar Pedro Ruiz

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No hace mucho tiempo, cuando el Sol, la Luna y la Tierra jugaban a tres en raya, y se producía un eclipse, las tribus primitivas se inquietaban tanto que incluso lo achacaban al enfado de los dioses por el comportamiento de la tribu, de tal manera que para aplazar esa presunta ira se llegaban a ordenar sacrificios humanos. Muchas doncellas, muchos niños, muchos hombres fueron sacrificados por un eclipse.

Hoy se anuncia un eclipse y produce menos alboroto que la puesta a la venta del último grito digital en telefonía móvil. Podríamos llegar a la apresurada conclusión de que los tiempos han cambiado, pero estos días vemos que el ritual del sacrificio humano sigue vigente, y que hay tribus fanáticas que siguen cometiendo asesinatos para aplacar el enfado de un dios vengativo, que sólo se encuentra en su exaltado sectarismo.

De vez en cuando, no es malo mirar al cielo, porque sigue siendo una matemática rareza que el planeta en el que habitamos -que viaja a más de 110.000 kilómetros por hora-, la Luna, que se mueve más lenta alrededor de la Tierra -a unos 3.600 kilómetros a la hora- y el Sol, coincidan en una línea. Sobre todo teniendo en cuenta que el Sol también se mueve alrededor de la Vía Láctea a más de 800.000 kilómetros por hora, pero esta finca de la Galaxia es tan enorme que tarda en dar la vuelta completa ¡más de doscientos millones de años!

De vez en cuando, alejados de la contaminación lumínica de la ciudad, en esas noches diáfanas de verano, no es malo mirar al cielo y reflexionar sobre la posibilidad de que esa estrella lejana que estamos viendo, se haya apagado hace miles de años, y lo único que contemplemos sea el viaje de su luz hacia nosotros. Tan apresados en vanidades y soberbias, no es raro que asumamos que, en medio del cosmos, solo somos un microscópico escupitajo galáctico, como suele recordar Pedro Ruiz.

Si alguno de los terroristas mirara por las noches al cielo, en lugar de escuchar las lecciones de los intransigentes y ardorosos predicadores del odio, pudiera ser que atisbaran sus limitaciones y su pequeñez. Y, si alguno de nuestros mezquinos políticos, dejaran de observarse el ombligo nacionalista y elevaran los ojos hacia el tapiz estrellado de las noches, quizás no escupirían sobre la solidaridad y el afecto que los demás les muestran, y no se exhibieran tan patéticamente obsesivos, tan tristemente sectarios, tan ridículamente machacones. No sofocar la impaciencia, ni siquiera en momentos de luto, demuestra una incontinencia peligrosa que asusta, y que nos denuncia esa arriesgada mezcla de delirio y desesperación. Por eso, de vez en cuando, no es malo mirar al cielo, porque puede que nos ayude a mantener los pies sobre la tierra.