El nazareno de León

CARLOS HERRERA
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AUNQUE ahí no haya nacido, El Nazareno es leonés; leonés como Ordoño III, como Doña Urraca, como Sancho I, como Rodolfo Gaona o como San Isidoro, que, aunque sevillano de nación, descansa la noche de los siglos en la monumental colegiata románica que lleva su nombre. Cualquier leonés sabe quién es El Nazareno, imagen de Jesús reconstruida tras un incendio en tiempos de la Guerra de Independencia, de origen desconocido, sin que hasta ahora nadie se explique cómo unas manos pudieron hacer de su cabeza la forma de un hombre sin pasado documental, muy alto para su época. Cualquier leonés sabe que El Nazareno produce a todos un sentimiento inexplicable, difícil de definir. Esta mañana de Viernes Santo, cuando vuelve a las calles con su cortejo procesional, El Nazareno de León encarna el destino maldito que la vida dispone para los que se sacrifican en revoluciones sólo comprendidas con el paso de los siglos: se le ve pasar, encorvado, cansado, camino del Calvario. Y con él vamos todos. Pero todos, todos. Sólo unos días atrás, la muchedumbre le recibía abrumándole con palmas y hoy, ya ven, Viernes Santo, le escupen, le pegan, le flagelan, le humillan, se ríen de Él. De Santa Nonia está saliendo ahora mismo, camino del Parque de San Francisco, y aunque discurra por fuera, la Procesión también va por dentro. Lo llevan braceros sobre los hombros y, aunque el capillo impide que veamos su rostro, se adivina el cansancio por tan pesada carga a través sólo de sus ojos. El Nazareno pesa, y cada paso que se da, el peso se multiplica.

Al Nazareno de León, en su cortejo procesional, le acompaña, entre otros pasos, La Flagelación: atado a la columna, este hombre es azotado y, después, coronado de espinas, y en su rostro se adivina el dolor estoicamente soportado de quien viviera durante unos años predicando la buena nueva y reinterpretando la Palabra de Dios en un mensaje repleto de un ansia infinita de paz. Paz en la Alianza nueva y eterna que la civilización se debía a sí misma. Que se debían todas las civilizaciones. Impresiona verlo sentado en un sitial del pretorio entre sayones y sanedritas. Aquellos eran tiempos para pocas líricas, en los que los poetas visionarios, los profetas iluminados, los augures confiados y pajareros que abarrotaban los púlpitos de calle sabían que serían carne de Cruz y Gólgota. El Ecce Homo, paso que prosigue, evidencia en su sangre inagotable el padecimiento que la Historia le tenía deparado. He aquí el hombre, y se preguntaba Pilatos: «¿Creéis que es el culpable?». Y la caterva, el gentío bramaba que sí.

Viernes Santo en León: La Oración en el Huerto, El Prendimiento, La Verónica... y El Expolio. Acompañados por dos mil quinientos «papones», los pasos sobrecogen a la multitud. El Expolio simboliza a un Nazareno desnudo al que le han quitado lo poco que le quedaba, y todos aquellos que se sienten víctimas de cualquier expolio a cuenta de los vaivenes de la vida, de cualquier robo de ilusiones o de bienes, ven en la figura de ese «torero» -parece que vaya a dar un lance- el símbolo de su hacienda recortada, moral o material. Después de esa certeza, después de que el populacho le haga responsable de todo el mal que pueda caer sobre la tierra, al Nazareno sólo le espera La Crucifixión, la máxima soledad, el máximo abandono de sus incondicionales, sólo roto por los últimos cuatro fieles, su Magdalena, su Nicodemo, su Madre, su José de Arimatea. Nadie, de todos aquellos que escuchaban sus sermones fervientemente, ha quedado en la cima del Calvario soportando el aguacero tormentoso. Dicho en román paladino, la que está cayendo.

Y, finalmente, La Agonía. El paso que más evidencia el estertor de un sueño. Una larga, cruel Agonía para un hombre solo. Una cruel metáfora de los tiempos, dos mil años después.

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