Navarro, el muñeco diabólico

Había pronosticado una victoria española con oposición de Lituania. Obviamente

Por JOSÉ LUIS LLORENTE
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Había pronosticado una victoria española con oposición de Lituania. Obviamente, me equivoqué, y no al sobrevalorar a lo bálticos, sino por no prever que el poderío español es incalculable. Este equipo no ha tocado techo y su potencial parece no tener fin.

Los españoles salieron con la cara de ganar: rostros tensos, mirada fija, dientes apretados. Y con la determinación de liquidar al contrario cuanto antes. Tanto, que Lituania no tuvo ni la más mínima opción de entrar en el partido, tanta fue su inferioridad desde la primera jugada. Llega un momento que uno no sabe qué destacar, si el ataque o la defensa. Si la labor de los que inician los partidos o el trabajo de los que salen del banco. Y todo con armonía, con suavidad. Frente a los argentinos, que corren por la pista como caballos desbocados, o los griegos, que avanzan como una división de carros de combate, los españoles parecen moverse sin esfuerzo, con naturalidad, casi deslizándose.

Y entre ellos, Navarro, que cada día se parece más al Muñeco Diabólico. Tras un físico aparentemente frágil, su mirada de niño travieso y su sonrisa de jugón esconde un repertorio inagotable de recursos que va sacando de su chistera mientras elimina a sus defensores. Pertenece a esa clase de deportistas elegidos que centran su razón de ser en las grandes citas y que, a veces, parecen aburrirse en las competiciones de trámite, como si su talento de artista no pudiera desperdiciarse en la rutina cotidiana. Como a Freire o Gervasio Deferr, a Navarro se le revoluciona el motor de la motivación cuando se mide a los mejores. Entonces, los ojos comienzan a brillarle, la concentración hace acopio de habilidades y la emoción le recorre el cuerpo: está listo para la batalla e impaciente para entrar en ella.

Sus recursos aumentan con el paso de los años. Sigue inventando nuevos tiros y encontraría el hueco para hacerlos en la hora punta del metro de Tokyo .Y cuando está en dificultades siempre tiene su «bomba» a mano. Pero el mayor problema que plantea a sus marcadores es su capacidad de improvisación. Nadie sabe lo que va a hacer, sospecho que ni siquiera él mismo. Sus predecesores, los grandes Herreros, Epi y Brabender (no vi jugar mucho a Emiliano y Buscató), fueron de la raza de los tiradores, perfectos ejecutores de la suerte suprema del tiro. Todos lo jugadores son irrepetibles, pero Navarro, además, es inclasificable, único en su especie.