Cruces amarillas colocadas en la Plaza Mayor de Vic
Cruces amarillas colocadas en la Plaza Mayor de Vic - ABC
EDITORIAL

Nacionalismo y fascismo

Los nacionalistas sólo admiten la existencia de un pueblo definido por sesgos identitarios y falsamente historicistas, germen del fascismo

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Ayer fue Pablo Casado quien tuvo que soportar en Vitoria los gritos de una turba que le llamó fascista y que le exigió que se fuera de la ciudad. El episodio es resultado directo de la etiqueta oficial que el propio Gobierno -siguiendo el juego de sus socios radicales y separatistas- ha puesto al centro-derecha. El fascismo, sin embargo, está en otro lado. El nacionalismo es una ideología que tiende al fascismo. Únicamente permanece en los límites de la democracia y el Estado de Derecho cuando contiene sus pulsiones separatistas. En cuanto da el paso al separatismo, exhibe sus vetas xenófobas y racistas, sin las cuales le resulta imposible explicar su razón de ser. Sin sentimiento supremacista frente a los demás, el nacionalismo no se justifica a sí mismo. Servirían los ejemplos de los fascismos nacionalistas de los años treinta, pero no hace falta irse tan lejos. Las extremas derechas flamenca e italiana son los apoyos más entusiastas del independentismo catalán en Europa. No se trata de una casualidad, sino de solidaridad entre colegas.

El presidente catalán, Quim Torra, ha pedido a los catalanes que hagan frente a quienes desmontan lazos y cruces amarillas, porque son fascistas. Incluso pide que la Justicia actúe contra ellos. En una situación política en la que quemar la foto del Rey es un ejercicio de libertad de expresión, quitar símbolos de apoyo a golpistas encarcelados podría interpretarse como un acto de civismo constitucional. La Justicia ya se encargará de juzgar a los que cometan cualquier acto violento, pero el déficit moral del nacionalismo le impide reclamar la misma respuesta de condena a los que acosan, insultan y agreden a políticos constitucionalistas, como ayer sucedió con Casado en Vitoria. Es más, alineados fielmente con las prácticas más puras del fascismo, los nacionalistas catalanes jalean a sus propios «camisas pardas», esos sedicentes CDR que no son más que la incipiente versión catalana de los matones callejeros que sembró ETA en el País Vasco.

Pedro Sánchez, en su más lúcido planteamiento sobre la situación en Cataluña, calificó a Quim Torra como «el Le Pen español». Lamentablemente, el presidente del Gobierno ha decidido normalizar su relación con «el Le Pen español» a costa de convertir a los constitucionalistas, PP y Cs, en culpables del conflicto catalán. Tampoco esto es nuevo en la relación del PSOE con el separatismo. El nacionalismo separatista acaba siendo incompatible con la racionalidad democrática y los principios del Estado de Derecho. Sólo admite la existencia del pueblo definido por sesgos identitarios, falsamente historicistas, no políticos, y por eso es capaz de dividir a los catalanes en leales y traidores, en pleno siglo XXI. Sin duda, Torra y quienes ayer acosaron a Casado saben mucho de fascismo.