El nacionalismo sin matices

Por Edurne Uriarte, Profesora de Ciencia Política. Universidad del País Vasco
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CUANDO hace dos semanas le pedían a Joseba Egibar su opinión sobre el pacto todavía no cerrado entre PNV y EA, Egibar mostraba su apoyo decidido a este pacto porque, decía, «el nacionalismo no está para matices». Días después, PNV y EA cerraron su pacto electoral y consumaron el último episodio de la radicalización, o quizá deberíamos decir de la clarificación, de un nacionalismo que desde el inicio de la transición se había movido como pez en el agua en una calculada ambigüedad e indefinición que le ha producido notables resultados hasta el presente.

Porque esa ambigüedad que combinaba el radicalismo etnicista con la imagen de moderación y centralidad le ha servido al nacionalismo, tanto para atraer el voto nacionalista más tradicional, como para hacerse con el apoyo de gentes de centro no nacionalistas que buscaban un partido de poder y de orden. Y lo que es el corolario de ese milagro de ingeniería política, le ha servido también para que durante todos estos años los partidos no nacionalistas, no sólo les hayan considerado imprescindibles para la gobernación del País Vasco, sino que, además, les hayan otorgado un plus de legitimidad, un derecho natural, a articular, a dirigir, la política vasca.

Pues bien, yo creo que se acabó el milagro nacionalista. El nacionalismo ha perdido totalmente la capacidad de manejar la ambigüedad y se presenta a las próximas elecciones vascas desnudo de todos esos ropajes que le han permitido durante años, no sólo pescar votos de todo el arco ideológico, sino convencer a la oposición de que su lugar natural era precisamente la oposición, o, como mucho, el apoyo a la centralidad del partido imprescindible de la política vasca, el PNV.

Empujados por su propio debilitamiento electoral progresivo, por la pérdida de objetivos reivindicativos una vez conseguida una de las autonomías más descentralizadas del mundo, y crecientemente nerviosos ante unos ciudadanos y políticos no nacionalistas que, por fin, han despertado del encantamiento nacionalista y han interiorizado su igual derecho a gobernar en el País Vasco, los nacionalistas se han replegado en sus esencias y se presentan ante las próximas elecciones despojados de ambigüedad, de moderación o de centralidad. Sin matices, como ha dicho Egibar.

El nacionalismo que pretende volver a gobernar a partir del 13 de mayo se articula en torno a cuatro principios: 1) la prioridad de conservar el poder al precio que sea, 2) el rechazo a «los españoles», 3) el diálogo con ETA, y, 4) la independencia. Y el nacionalismo se presenta, además, con un problema insólito en su trayectoria. Todo el mundo se ha enterado de esos principios. Por primera vez, el nacionalismo es absolutamente claro en su mensaje, y quienes le voten, o le apoyen después de las elecciones, sabrán lo que votan o lo que apoyan, es decir: 1) un supuesto derecho del nacionalismo a gobernar siempre, 2) el rechazo a España y a los sentimientos de identidad española, 3) la cesión al chantaje de ETA, y 4) la apertura del proceso independentista.

El nacionalismo quiere conservar las esencias de su patria, pero es, sobre todo, pragmático, y su prioridad absoluta es mantener el enorme poder acumulado en veinte años. Por eso se ha coaligado con EA, porque el próximo día 13 de mayo necesita ser primera fuerza política para intentar formar gobierno y mantener a flote esa gran empresa que comandan el PNV y quienes le han hecho la corte todos estos años.

Como los nacionalistas están nerviosos y a la defensiva porque temen que ni siquiera esa coalición les salve del hundimiento, no sólo han perdido toda capacidad para manejar el lenguaje de la ambigüedad, sino que, además, han decidido apelar a todo el electorado nacionalista, también al de EH, para evitar el desastre el día 13. Por eso es difícil distinguir el mensaje del PNV-EA del mensaje de EH, y se pierde definitivamente la tradicional diferencia entre el nacionalismo moderado y el nacionalismo radical. Ahora ya sólo hay un nacionalismo radical con dos bandos, el del PNV-EA que ruega a ETA que pare, y el de EH que ruega a ETA que haga lo que le parezca más conveniente.

Si repasamos los otros tres ejes que articulan la coalición PNV-EA, veremos que es realmente complicado hacer una diferenciación de esta rama del nacionalismo radical de la otra rama hermana de EH. Porque el segundo eje con el que se presentan PNV y EA a las elecciones es el rechazo a «los españoles». La política para los nacionalistas consiste en la lucha contra los españoles, en la confrontación entre la raza superior y acosada, los vascos, y la raza invasora y dominante, los españoles. Y, cuando se sienten debilitados, esa política se presenta en toda su crudeza, la lucha contra los españoles es la prioridad, y es más importante que los asesinatos o la defensa de la libertad de los amenazados.

En aquella triste manifestación de hace un año en Vitoria tras el asesinato de Fernando Buesa, los nacionalistas gritaban «Lehendakari aurrera» pero no gritaban «ETA, no». Tras todo este año de horror y de dictadura para los no nacionalistas, los nacionalistas se manifestaron en Baracaldo tras el asesinato del Iñaki Totorika con las mismas prioridades que hacía un año en Vitoria. Los nacionalistas no gritaban «ETA, no» en Baracaldo. Fueron a esa manifestación para abuchear a «los españoles», es decir, a todos los representantes del PP y del PSOE. En algún momento incluso les llamaron fascistas, igual que EH, que ha convocado una jornada de lucha contra «los fascistas españoles», es decir, contra todos los vascos, bastante más de la mitad, que nos sentimos españoles.

El tercer eje que sostiene la coalición PNV-EA es el del diálogo con ETA. Por mucho que Ibarretxe adorne ese diálogo con etéreas apelaciones al diálogo universal y a los efectos curativos de la conversación en la especie humana, ni el más idiota de los vascos ignora a estas alturas que lo que Ibarretxe propone es ceder al chantaje de ETA y ofrecerle algunas contrapartidas políticas para que los terroristas decidan ser buenos y comportarse civilizadamente tal como les ruega Ibarretxe tras cada asesinato. Y no por un altruismo exorbitante de los nacionalistas, porque todo el mundo sabe también que, al fin y al cabo, PNV y EA pretenden ceder a ETA exactamente los mismo que figura en sus propios programas.

En cuanto al cuarto eje, la independencia, es posible que sí quede todavía algún despistado que no se haya enterado de que el derecho de autodeterminación es simplemente la antesala de la petición de independencia, o que eso de «que los vascos decidan libremente» significa que los nacionalistas decidan independizarse. Haya o no plazos establecidos en el programa electoral, se le llame como se le llame, PNV y EA, junto a EH, quieren arrastrarnos hacia la secesión. Joseba Egibar ha exhibido hace unos días en el Parlamento Vasco su carnet vasco. No es una broma, ni una excentricidad, ése es el futuro nacionalista.

Este es el nacionalismo que pretende seguir mandando en el País Vasco tras el 13 de mayo. Ni tiene matices ni admite interpretaciones. Si aún queda alguien que pretenda otorgárselas tras el 13 de mayo, debe saber que contribuirá a la consolidación de ese proyecto de nacionalismo radical. Y debe saber también que tampoco quedarán matices ni interpretaciones para justificar esa conducta.