Nacionalismo, acción y reacción

Por M. MARTÍN FERRAND
Actualizado:

El nacionalismo, ese sentimiento tan vacío y anacrónico que algunos utilizan como relleno para su empanada política, resulta tan invasivo que son muchos quienes tratan de escapar de él renunciando, al tiempo, a la mismísima Geografía. Es una reacción de supervivencia. Luisa Castro, vecina de páginas, escritora fina e inteligente y ganadora del Premio Azorín de Novela declaraba ayer, aquí mismo, haber nacido en Foz, «un pedacito desprendido de Irlanda en el norte de España». Foz, y el que no lo crea que vaya en un día de sol a la playa de La Rapadoira, es uno de los paraísos que guarda Lugo para coleccionistas de miradas. Allí estaban los druidas celtas antes de que llegaran los romanos y no se puede descartar que la propia Luisa Castro sea una druidesa capaz de hacer el bien mientras continúa investigando «la raya que nos separa de la vida y la no vida» y que nos tiene dicho que es vertical.

¿Podríamos imaginar a James Joyce, después de publicar su «Retrato del artista adolescente», declarando a los periódicos haber nacido en Rathgar, cerca de Dublín, «un pedazo desprendido de Galicia en el este de Irlanda»? No, rabiosamente no. George Bernard Shaw tampoco hubiera dicho cosa parecida. Ni Sean O´Casey. Nuestros nacionalismos son más pelmazos que los ajenos y de ahí, me temo, que ser gallego, catalán, vasco, andaluz... resulte más difícil e incómodo que ser irlandés.

Entre la acción y la reacción nacionalistas vamos gastando el cuarto de hora del presente histórico: el punto de apoyo en el que ha de sustentarse la palanca española durante el siglo que acaba de comenzar. La acción esteriliza y la reacción fatiga. Dos malas condiciones para la prosperidad de los espíritus y el bienestar de los cuerpos. La caducidad de las ideas políticas tradicionales, en las que nos alimentamos cuando estaban proscritas, nos ha llevado a clasificarnos y agruparnos bajo otras banderas de identidad. Podría pasar la cosa de no ser que, al reducirse los ámbitos de la contemplación, resucita con brío el mayor mal del localismo: el caciquismo. Donde la historia y la cultura resultan adversas a esta tentación, como en Madrid, los aspirantes a caciques nuevos montan sus tribus en torno a un logotipo olímpico de Mariscal. Es lo mismo. La clave está en la diferenciación que pueda suministrar una identidad, concepto vacío donde los haya si no tiene antecedentes identificadores más hondos.

Pero no hay que perder la esperanza. El pasado viernes, cuando estaban a punto de dar las ocho de la tarde, el vuelo de Iberia IB-331 se acercaba a la pista correspondiente del aeropuerto de Barajas con hora y media de caprichoso retraso. Uno de esos con los que se hacen notar los pilotos del Sepla/Irala. El avión, en el que viajaban valencianos ilustres como Luis García Berlanga y madrileños tan castizos como Massiel, tuvo que abortar su aterrizaje a menos de cincuenta metros de una pista que estaba ocupada. El A-321, «Benidorm», forzó sus motores, temblaron las estructuras del aparato —las de Iberia no saben temblar— y sólo ocurrió que el retraso creció hasta las dos horas. El susto y/o la indignación de los pasajeros, entre la blasfemia y el cachondeo, abdicó de todo posible nacionalismo. La irritación es solidaria, el improperio verdadero no tiene idioma.