Una raya en el agua

Es la nación, estúpidos

El problema catalán, el flanco más débil de Sánchez, quedó relegado anoche a un inaceptable y tardío segundo plano

Ignacio Camacho
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Se puede ganar un debate, o dos, y perder las elecciones, y viceversa. Los debates no los gana, a fin de cuentas, el que más zascas propina ni el que más satisface a su clientela cafetera, y a veces ni siquiera el que demuestra mayor solvencia, sino el que logra mover más votos en la dirección que desea. Ocurre que eso no se sabe nunca a ciencia cierta; el único modo de averiguarlo a medias son unas encuestas que no se pueden publicar por culpa de una ley añeja. En realidad, los espectadores vemos el coloquio con una perspectiva distinta a la de la estrategia que los candidatos emplean, dirigida por lo general a segmentos muy determinados de la audiencia.

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