EL MUNDO FELIZMENTE REUNIDO

Por FERNANDO FERNÁNDEZ
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Todos los años por estas fechas, los que tienen algo que decir en el mundo se reúnen a discutir sobre el futuro. La costumbre nació con el Foro Económico Mundial de Davos, una buena iniciativa empresarial suiza creada para rentabilizar la estación de esquí entre la temporada navideña y antes de la semana blanca. La idea fue un éxito y pronto se convirtió en una de esas reuniones en las que había que estar. Lo de menos era lo que se decía o se hablaba. Lo importante era estar en la pomada, como diría un castizo, o hacer «networking», en la sofisticada terminología del mundo de los negocios. Y allí iban en procesión los ricos y los políticos a oír a los gurús del momento. Hacerse una foto con Soros se convirtió en una necesidad, y sentarse en una mesa redonda con el economista jefe de algún gran banco de inversión, en todo un lujo. Confieso un poco de envidia por no haber sido invitado nunca.

Pero en eso explotó la burbuja financiera, desapareció Arthur Andersen y estalló el movimiento antiglobalización en Seattle en la reunión de la Organización Mundial del Comercio.  Las cumbres de Davos se ensombrecieron y los asiduos se retiraron discretamente. Lo moderno era estar en Porto Alegre, en el Foro Social alternativo impulsado por Lula, el campeón de la otra forma de hacer economía. Y el mundo apareció otra vez dividido en dos mitades irreconciliables. Los poderosos, en la rica e impoluta Suiza; en el Brasil bullicioso y desconcertante, los desposeídos.

Pero el año pasado Lula fue elegido presidente de Brasil. Vaya lío. ¿Qué hacemos ahora? Pues ir a los dos sitios, decide en una actitud que recuerda mucho aquella otra de «gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones». Y los líderes mundiales reunidos en Davos esperan ansiosos sus propuestas para reducir la brecha entre los dos mundos. Pero con su presencia en Porto Alegre, Lula y otros presidentes en activo contribuyen a desnaturalizar esa reunión de movimientos alternativos no gubernamentales y la empujan hacia una reedición de las cumbres de los no alineados. Porto Alegre era útil en la medida en que servía de cauce organizadamente espontáneo a esa corriente de idealismo que nos incomoda porque nos confronta con la llamada cuestión social. Pero se hace irrelevante como altavoz de los gobiernos populistas y demagógicos que se felicitan porque la política vuelve a primar sobre la economía, es decir, la manipulación sobre la razón.

Davos, por su parte, se beneficia sin duda de la presencia de Lula. Y Brasil de la asistencia de su presidente a la reunión. Allí se habla estos días de la incertidumbre que amenaza la recuperación económica mundial. Una incertidumbre que tiene que ver con Irak y el precio del petróleo, pero también con cuestiones más prosaicas. La resistencia de los inversores a volver a los mercados tras la desconfianza hacia personas e instituciones generada por la proliferación de los escándalos contables. La renuncia de Europa y Japón a liderar el crecimiento mundial por su manifiesta incapacidad para introducir las reformas que liberen sus economías; lo que deja el mundo en manos del endeudado consumidor norteamericano. O, por último, la ausencia total de capital dispuesto a invertir en las economías emergentes, producto del incremento de la probabilidad y coste de las suspensiones de pagos de los deudores soberanos, tras las vacilaciones de la comunidad internacional para lidiar con crisis como las de Argentina. Temas todos ellos lo suficientemente importantes como para estar en Davos, y para hablar de algo más que de Irak.