Día Mundial del Teatro sin teatro

Por M. MARTÍN FERRAND
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El Teatro, siempre en crisis cual cuadra a los seres vivos, es mucho más que un espectáculo aun siendo el espectáculo. En él cada tiempo y cada lugar tienen su cala y la invención de los autores no pierde jamás —porque el Teatro no se deja— la condición de retrato, o de caricatura, de lo que nos pasa. En el Teatro caben todas las pasiones humanas y, proyectadas por los actores, constituye el gran espejo de la sociedad al tiempo que espolea la conciencia de los poderosos. Desde un «Rigoletto», en el que Giuseppe Verdi le estruja el alma a Víctor Hugo, hasta un «Macbeth», la fantasmal creación de William Shakespeare, pasando por «Eloísa está debajo de un almendro», de Enrique Jardiel Poncela —actualmente en el Teatro Español de Madrid—, desde que se levanta el telón hasta que cae definitivamente, con lágrimas o con risas, la emoción se condensa en un escenario y se transfiere litúrgicamente a las butacas en donde temblamos de emoción los espectadores. Es algo que viene sucediendo desde hace veinticinco siglos.

Ayer fue el Día Mundial del Teatro. El Ministerio de Educación y Etcétera se encargó de recordárnoslo con unos horrorosos anuncios publicados en los periódicos, pero cabe aplaudir la voluntad. Otra cosa son los hechos. En Madrid, por ejemplo, hay cuatro grandes teatros que dependen directamente del Ministerio que regenta Pilar del Castillo: el Real, el Centro Dramático Nacional —María Guerrero—, la Compañía Nacional de Teatro Clásico —Comedia— y el de la Zarzuela. Cuatro salas de larga tradición que, menos la primera, fueron privadas y brillantes antes que públicas e intermitentes.

En ninguna de las cuatro salas que administrativamente dependen del Instituto Nacional de Artes Escénicas y de la Música, el pomposo INAEM, hubo ayer función, ni anteayer. No las habrá hoy ni mañana. Las cuatro viven uno de esos letargos que, entre función y función, cierran durante semanas las puertas de los templos que, ahora, tutela Andrés Amorós. Ya es raro, aunque tremendamente español, celebrar el Día Mundial del Teatro con la única presencia de un vigilante y un bombero, sin Teatro; pero más lo es todavía que, en un flagrante caso de competencia desleal, que debiera perseguir de oficio el Servicio de Defensa de la Competencia, las entidades públicas se queden con el uso de las viejas salas y, con la alegría de quien vive del Presupuesto, no las abra a diario. Sin más pausa que la imprescindible para un montaje adecuado de los nuevos estrenos.

Las salas y compañías privadas, en donde el Teatro tiene su asiento más natural, tienden al silencio frente a este y otros agravios ante la amenaza de perder las subvenciones limosneras que, en mal hábito, suavizan las relaciones entre la prepotencia estatal y la supervivencia, en ocasiones difícil, de la actividad privada en la que el empresario, tan «promotor cultural» como Amorós, se enfrenta por su cuenta y con su riesgo a los legítimos caprichos de los espectadores. Con menos argumento que este quiebro de Cultura —un Día del Teatro sin Teatro— Aristófanes escribió comedias inmortales.