En la muerte de Rubén González

Por DARÍO VALCÁRCEL
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RUBÉN González, pianista, ha muerto en La Habana a los 85 años. Lector, no abandone la lectura, siga por favor, aunque crea que el asunto no le concierne, le interesará. En 1998 un gran director alemán, Wim Wenders, filmó Buena Vista Social Club, con Rubén González entre otros. Compay Segundo, otro protagonista de la película, le ha precedido unos meses en la marcha hacia el mundo de Plutón, a los 96 años. Estos grandes cubanos, redescubiertos por el californiano Ry Cooder, empiezan a caer. En 1998, Rubén González llevaba diez años sin acercarse a un piano. A pesar de su artritis, y quizá por su condición angelical, el músico volvió como si tal cosa. Ha muerto de una enfermedad ósea complicada por problemas renales. Pero su música queda grabada por los siglos de los siglos, amén.

¿Qué tenía este monstruo y otros músicos habaneros, pocos, rescatados del olvido como él? Además de su portentosa fluidez, de su creatividad al piano, de su técnica esforzada y trabajada a lo largo de setenta y tantos años, Rubén González tenía algo así como un lenguaje propio, una clase de lenguaje poético. ¿Qué entendemos por lenguaje poético? Aquel que permite a ciertas gentes disponer de un acceso directo a la realidad, más corto y seguro, que desemboca siempre, indefectiblemente, en esa realidad, en versión total, tres o cuatro o cinco dimensiones, mágico cien por cien. Quien quiera entender que entienda. Cuando Jaime Gil de Biedma escribe su breve poema -que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde- lo que escribe en doce líneas nos da la capacidad-posibilidad (siempre que no seamos un pedazo de mineral, un trozo de piedra pómez, un ultrasur) de coger el instantáneo atajo y aparecer en la realidad químicamente pura. Nos enseña, digamos, más que un curso de diez meses de derecho administrativo, más que un grueso volumen sobre constitucionalismo iraquí del siglo XXI. Por eso conviene rendir homenaje a Rubén González.

El lenguaje poético (que podríamos llamar también recorrido hiperdirecto o método parachute jump) puede ser hablado, escrito, músical, pictórico, arquitectónico, etcétera: pero todos son lenguajes. Queremos decir, es la característica que distingue a unos seres humanos de otros y a todos ellos de otros pobladores del planeta, quizá mejores, pero no dotados de aparato de comunicación especial (aclaremos cómo otras gentes, cero ideas, culto al profit, solo los resultados materiales importan, defienden el extremo opuesto, lejos del mundo de Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Elíades Ochoa, también de Dante Alighieri, Francisco de Quevedo, Osip Mandelstam o Emily Dickinson): pero dejemos este enojoso asunto y volvamos a la hermenéutica. Cuando Dickinson escribe, por ejemplo, And during its electric gale - the body is a soul, hemos entrado en la misma longitud de onda de Buena Vista, cuando repite De Alto Cedro voy para Macané - Llego a Cueto voy para Mayarí.

¿Qué nos conmueve de Rubén González? Que fuera recuperado de la nada, con sus colegas, por ese californiano (al que Bush ha prohibido volver a Cuba). Como dos detectives, Wenders y Cooder fueron buscando y buscando hasta reunir a una docena de grandes músicos abandonados, casi todos de la edad de Rubén González: Ibrahim Ferrer, Orlando Cachaíto López, Omara Portuondo, Manuel Guajiro Mirabal, Pio Leiva, todos más que septuagenarios (hay, sí, algunos jóvenes, Elíades Ochoa, solo 58 años, Juan de Marcos González, Barbarito Torres, o el prodigioso y psicotrópico Amadito Valdés, percusionista, por debajo de 70).

En la película de Wenders, que hemos visionado 64 veces, Rubén González se expresa verbalmente como un niño, con un calor y una veracidad absolutas. Pero cuando está ante el teclado... Dos conciertos, uno en el Curry Theater de Amsterdam y otro en el Carnegie Hall de Nueva York, dan testimonio de lo que decimos. Buena Vista Social Club se reunió solo para esos dos acontecimientos, en verdad épicos, comparables a la batalla de las Termópilas o a la de Austerlitz, y entró luego en un silencio definitivo.

¿Qué queda de este portentoso, misterioso,milagroso mensaje? Pues dos cosas, gracias a la tecnología: un disco de veinte grabaciones y una inolvidable película, sin argumento alguno, la filmación de Wenders. Con esas dos piezas estamos salvados.

Rubén González era humilde, angelical y también astuto. Tanto que nunca se había prestado a grabar un disco exclusivamente suyo, con interpretaciones en solitario. Creía formar parte de un grupo, Buena Vista. Hace solo tres años, en 2000, ante el triunfo mundial del conjunto, aceptó una grabación, Chanchullo, realizada por World Circuit, con más de 200.000 ejemplares vendidos. Hay que añadir algunos datos para los lectores lejanos de ABC, en India, Japón, República Popular China... Rubén González, mestizo, había nacido en Santa Clara, en el centro de la isla en 1919; hizo su carrera de piano en el conservatorio de Cienfuegos, diplomado a los 15 años. La música clásica no le atrajo pero le llamó con fuerza el lenguaje del son, el bolero y el danzón, metidos en su sangre antes de nacer... Trabajó desde 1941 para un gigante físico y musical, el gran Arsenio Rodríguez, más oscuro de piel que nuestro hombre, ciego y dotadísimo. Arsenio, en su estatura y sus 180 kilos, animaba a Rubén: ¡No te ocupes de lo que hagan otros! ¡Toca a tu estilo, no imites a nadie!

Wenders y Cooder hablaron de González como del pianista más grande que habían escuchado en su vida. Digamos de paso cómo era emocionante ver, sin asomo de castrismo ni de anticastrismo, a estos músicos movilizados en defensa de su isla, los cubanos somos mucho cubano, sí señor, mientras Ibrahim Ferrer llevaba por enésima vez una nevera de 1956 a reparar, buenos mecánicos a la fuerza, los Pontiac, Studebacker, quinces-ligeros, Cadillac, Peugeot, todos anteriores al actual mandatario, lanzados alegremente, en medio de las olas que saltan por el Malecón.

Ahora es Rubén González quien da el paso, después de que lo diera este verano Compay Segundo, malogrado a sus años, nacido en 1907 en Siboney, al este, más allá de Santiago (Puntillita había muerto pocos meses antes). Si quien trabaja por medio de la creación poética -en el piano o en el folio- es, como dijo Schelling, órgano por el que se manifiesta el alma universal, ¿dónde va a parar ese fuego? ¿Acaso se extingue? Nada sabemos del otro lado. Aunque sería tonto pretender que un periodista dedicado a la información internacional opinara sobre problemas que grandes civilizaciones, religiones, culturas, han debatido sin llegar a conclusiones enteramente satisfactorias. La prudencia y el decoro aconsejan no entrar ni salir. El hombre habita un planeta que cuenta con una duodécima parte confortable: a veces guerrera, a veces cruel, pero habitable en esas regiones templadas, razonablemente organizado en ellas siempre que exista un margen de libertad, prosperidad y trabajo. Un planeta en el que pedimos también un poco de música de calidad y buenos poemas: por favor, por favor, evitando a ser posible que un señor siempre airado, siempre malhumorado, se enfade con nosotros y nos riña, como si alguien le hubiera autorizado a darnos lecciones sobre la patria, sobre el mundo, sobre la guerra, sobre la paz, lecciones, lecciones, pesadísimas lecciones que no necesitamos, que no nos interesan, siempre con el dedo índice en alto, cada maestrillo tiene su librillo, pero en fín, no por favor, no merecemos esto... Sólo en cumplimiento de nuestro deber, dado que es una noticia que afecta a las relaciones entre dos continentes, escribimos aquí sobre la muerte en La Habana, 8 de diciembre de 2003, del pianista Rubén González.