La muela del juicio

M. MARTÍN FERRAND
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EN España, donde las apariencias alcanzan jerarquía de realidad, resulta sorprendente que el vestuario de Francisco Camps, cuasi franciscano y monótono, despierte más interés que el de María Teresa Fernández de la Vega, muchísimo más variado y multicolor. Si los dos satisfacen las facturas de sus sastres y sus modistos, bien sea al contado o a plazos, con dinero de plástico o con billetes de curso legal, la «inversión» de la vicepresidenta supera en unos cuantos ceros -a la derecha, lo siento- la del barón valenciano del PP. En el caso hipotético de que el uno y la otra fueran maestros del gorroneo, algo nunca descartable entre quienes, por vivir con cargo al Presupuesto, han perdido la costumbre de pagar lo que usan y consumen, Camps sería un tierno aprendiz en el gañote junto a la veterana gorra de De la Vega, la segunda persona mejor vestida del actual Gobierno y la de más diverso y cambiante vestuario.

Lo anterior, tan sintomático como frívolo, es una caricatura de la irresponsable realidad de nuestra vida política. La pequeñez instalada en los dos grandes partidos nacionales, los que monopolizan la potencialidad democrática de la alternancia, empuja a que así sea y que, de anécdota en chascarrillo, consigamos todos evitar la carga de la categoría. Una triquiñuela eficaz para la salud psíquica individual y fatal para el alivio de los problemas reales, materiales y ciertos, del común: de la Nación empobrecida y del Estado disgregado.

En ese ambiente, adquiere valor la presencia de Felipe González en Cataluña para sumarse a la campaña electoral socialista para el Parlamento Europeo. Dejando de lado el fraude que supone que la lista que se somete al electorado por el PSC-PSOE, en la que aparece como «nº 2» María Badía -cuarta en la auténtica- y no figura Magdalena Álvarez -segunda en la de verdad-, el ex presidente González demostró con sus palabras la posibilidad de anteponer los intereses del país y los ciudadanos a los del partido político al que pertenece, algo que no tienen claro todos los líderes -nacionales, autonómicos y locales- en presencia y en activo. «¿Cómo se puede resolver desde cada uno de nuestros chiringuitos -cuestionó González- la recesión mundial?». La crisis no tendrá remedio con ocurrencias a lo Zapatero y astucias a lo Rajoy. ¿Será que el sentido común, como la muela del juicio, tiene su edad?