Las moscas

Por Jaime CAMPMANY
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Dicen los sabios que genéticamente los hombres somos algo más que las moscas. Eso explica muchas cosas. Seguramente, las moscas son los animales que más nos acompañan a lo largo de nuestra vida. Nos acompañan mucho más que los perros, que no se sientan en nuestra calva, ni se nos ponen detrás de la oreja, ni caen en la leche, ni acuden a la miel. Y no hablemos de los gatos, que se van al tejado a buscar a Zapaquilda y llevan una vida muy egoísta. Es fácil descubrir a los seres humanos que están hermanados con las diversas familias de moscas. Por ejemplo, Javier Pradera se halla homologado con la mosca borriquera. Entre los escritores, sobre todo ensayistas y conferenciantes, se da mucho el hombre hermanado con la mosca tsé-tsé. Javier Marías, por ejemplo, que es una tsé-tsé inconfundible, te pega un picotazo sintáctico y te deja dormido para todo el invierno. Entra uno en letargo.

Esta revelación de los sabios acerca de nuestro parecido genético con las moscas explica también el entusiasmo del hombre por la telebasura. Al fin y al cabo, como decía el doctor Marañón, el abuelo del tontaina de Lovaina, la mierda es el festín de las moscas. Son difíciles de cazar, las moscas. Al hombre se le caza mejor, ahí tienen la batida de los etarras. Para cazar moscas hay que ahuecar la mano y atacarlas de frente, porque salen huyendo hacia adelante, como tantos. De muchacho, yo he sido cazador de moscas, pero no las mataba. Les metía por el culo una tira de papel de fumar enrollado y así las dejaba volar por la sala de estudio, mientras aprendíamos de memoria la clasificación de los insectos, que todavía me la sé.

Quien mejor caza las moscas es el papamoscas, ese pájaro que se las come tan deprisa que te deja limpio de moscas el comedor en un santiamén. A mi sobrina espiritual Lara Dibildos yo le hacía en Marbella de papamoscas, sólo que no me las comía. Las encerrábamos en un frasquito de cristal, cárcel colectiva, urna o museo. Ella, que era muy niña, me llamaba «Jaime el de las moscas». Luego, William Golding plagió el nombre y escribió «El señor de las moscas», donde se anticipa a la ciencia, porque con el pretexto de las moscas habla de la naturaleza humana. Menos lírico resulta utilizar el matamoscas, que las despancija y crucifica en la rejilla de alambres. Los griegos cantaron a las moscas. Y Antonio Machado también. Todo eso ya se sabe.

En realidad, las moscas forman parte de la familia, revolotean alrededor de los vivos y despiden tercamente a los muertos. Pero ahora no se puede llamar familia a la familia. Según la socialista Micaela Navarro, hay que llamarla «núcleo de convivencia». Son bonitos estos inventos lexicográficos. Desde que apareció el invento franquista de los «económicamente débiles» para designar a los pobres de toda la vida, se han sucedido los hallazgos estupendos. Los ciegos son invidentes y los tullidos son minusválidos. Tendremos que corregir a Quevedo. Nada de que el ciego lleve a cuestas al tullido. «El invidente lleva a cuestas al minusválido». Al tonto se le conoce pronto, pero ahora se le llama «discapacitado intelectual».

Lo más gracioso en esta moda lo han inventado los italianos, que llaman «operarias del amor» a las puticas y «ayudantes ecológicos» a los barrenderos. Tampoco son mancos los ingleses, que de los enanos de siempre, incluidos los de Eduardini, los del circo y los siete de Blancanieves, dicen que tienen un «desafío con la verticalidad». A Fanfani, que era tan bajito como Pujol, le llamaba un periodista italiano y cachondo, «gigante interrumpido». Lo de la proximidad genética de las moscas y su pertenencia al «núcleo de convivencia» le viene bien a algunos ministros/as, porque así cerrarán la boca.