El misterio de la vida

Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS
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SE equivocaban los que pronosticaban una etapa sombría para la Iglesia por culpa de las limitaciones de un Papa enfermo e «incapaz». Deberían sentirse concernidos por los hechos que estamos viviendo. Este Papa es algo más que un ser tesonero que no quiere darse por vencido: es una apuesta por la vida mientras ésta exista, y es una crítica viviente al humanismo que se deriva de la cultura del éxito. Es un revés a los cánones vigentes compartidos por todas las ideologías. A las que dominaron en Polonia en el pasado -fascismo y comunismo- y a las hegemónicas hoy en Occidente.

Este mismo Papa, ruina corporal, aparentemente reñida con todos los supuestos en los que se basan las filosofías de la acción y de la eficacia es la encarnación de un viejo y nuevo humanismo. No deja de ser culturalmente irónico que en este mundo de «ejecutivos» consiga unos récords de audiencia y de presencia pura y dura quien renuncia a las recetas al uso, quien se presenta y es la contrafigura del triunfador. Por lo mismo hay que celebrar que en esta carrera plebiscitaria el anciano Papa haya llegado a esta cifra de dos millones y medio de personas reunidas en las cercanías de Cracovia.

Algunos intentarán explicar estos «sucesos» con claves que no son de este mundo. De lo contrario se les vendrían abajo sus estrategias basadas en los valores «mundanos», sus recetas realistas, pragmáticas.

Pero en esta ocasión Juan Pablo II no sólo ha defendido con el ejemplo el derecho a la vida (a la acción, a los viajes, al ejercicio del propio oficio) sino que ha recordado algunos criterios: que nadie se adjudique el derecho «a determinar el límite de la muerte». Que los pragmáticos y los realistas -científicos, políticos, intelectuales- no entren en el misterio de la vida. Lo ha dicho en Polonia, después de un siglo de negación máxima del humanismo que es la humillación a la Humanidad.

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