Misiones de paz, misiones de guerra

LUIS FELIÚ ORTEGA Teniente General (R). Ex Representante Militar de España en la CPA de Irak. Miembro del Foro de la Sociedad Civil
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Está claro que en este caso la causante de la situación en que vive el país ha sido una catástrofe natural y que se ha tratado de un desgraciado accidente, por lo que no hay lugar a discusión de si se trataba de una misión de paz. Sin embargo, no es este el caso del resto de las misiones que desempeñan nuestras Fuerzas Armadas en el exterior, y especialmente desde que comenzó a actuar la Brigada española Plus Ultra en Irak se ha iniciado una serie de discusiones sobre si se trataba de unas operaciones de paz o bien de unas operaciones de guerra. Se derrochan litros de tinta en la prensa y de bits en nuestros ordenadores, mientras nuestros políticos se enzarzan en estériles discusiones partidistas. Se acusan mutuamente de mentirosos, unos porque persisten en decir que nuestros soldados no están allí en guerra sino en misión humanitaria, y otros porque alegan que no se quiere reconocer que aquello no es una misión de paz sino de guerra. Mientras tanto, el ciudadano de la calle se queda perplejo sin saber a qué carta quedarse, objetivo fácil de las campañas tendenciosas que le hacen incluso creer que nuestros militares van a ellas engañados y mal equipados.

Las discusiones semánticas no llevan en este caso a ningún lugar salvo a la palestra donde los políticos las utilizan como armas arrojadizas para lanzarlas al adversario porque, como vamos a ver, por lo demás, son totalmente estériles. En primer lugar, es necesario conocer que fue la ONU la que designó a estas operaciones como Peace Keeping Operations, es decir, operaciones de mantenimiento de la paz. Luego, al aparecer diferentes variantes como las de establecimiento o incluso las de imposición de la paz, se decidió llamarlas a todas simplemente Peace Operations u Operaciones de Paz. La razón no es, como pretenden algunos, que se lleven a cabo con métodos pacíficos, sino porque su finalidad es la seguridad y la paz, de las que son responsables las Naciones Unidas, según la Carta que firmaron todos los Estados miembros, y que, de acuerdo con su Capítulo VII, pueden necesitar el uso de las Fuerzas Armadas que todos sus miembros deben aportar si son requeridos para ello.

En cuanto al término guerra, en las bibliotecas podemos encontrar cientos de definiciones. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial se designaba con el nombre de guerra a la confrontación armada, declarada entre dos Estados o distintas facciones de un Estado. Así lo reconocía el Derecho Internacional Público, incluidos los protocolos de los Convenios de Ginebra y de La Haya. Sin embargo, cuando después de 1945 comienzan los conflictos coloniales, los juristas se debaten para decidir si se trata de guerras o simplemente de luchas. Al final se llega a la conclusión de extender los citados acuerdos a cualquier tipo de conflicto armado, sea guerra declarada o no y aunque alguno de ellos no lo reconozca. Así pues, desde el punto de vista jurídico internacional no existe hoy en día, en lo fundamental, diferencia entre si se trata de una guerra declarada o no cuando existe un conflicto armado entre dos Estados o entre facciones de un mismo Estado.

Una Operación de Paz puede tener lugar en distintos escenarios; se puede estar en un país o región donde no hay conflicto armado o donde sí lo hay, y a su vez se puede ser imparcial, como en las operaciones de interposición, o se puede apoyar a un determinado Estado a mantener la paz y seguridad frente a otro Estado o grupo insurgente, casos de Kuwait y de Afganistán, respectivamente. Así pues, lo importante no es si se está en guerra, si se está en una guerra o si se participa en una guerra; lo importante cuando se participa en una Operación de Paz es la misión que se asigna al contingente nacional y las condiciones en que debe llevarla a cabo. Los contingentes españoles, en las últimas operaciones, incluido Irak, nunca tuvieron como misión participar en el conflicto armado, sino ayudar a mantener la seguridad protegiendo a la población para facilitar la reconstrucción. Sin embargo, si están allí es por su capacidad de combate ante cualquier agresión, y por lo tanto, si ésta se produce, deberán reaccionar para protegerse y para proteger a las personas y bienes en peligro. Desgraciadamente, estas agresiones no sólo son posibles, sino que, como sabemos, se están dando contra nuestras unidades por parte de elementos insurgentes.

De todos es sabido que ante el tipo de ataques o atentados que sufren nuestras tropas no existe ninguna protección completa. Existen medios pasivos de protección, como es el uso de chalecos antifragmentos e incluso antibalas, cascos de nueva generación y, sobre todo, vehículos especialmente diseñados. Pero, una vez más, no existe una protección completa. Es posible que con los nuevos vehículos, en lugar de con los BMR,s actuales, se hubiera podido evitar la muerte de alguno de nuestros soldados, y ya sólo por eso merece la pena el esfuerzo económico realizado, como se ha visto recientemente en Afganistán; pero de ahí a creer que con ello se han solucionado los problemas va un abismo. Es la eterna lucha de la espada contra el escudo, del cañón contra la coraza; en cuanto el adversario se percate, aumentará la carga explosiva y la aplicará en los puntos débiles, que siempre existen. Además, no hay que olvidar que la seguridad no sólo se logra con la protección pasiva, sino también con la información y el propio despliegue. Otra eterna discusión es si es mejor aumentar la coraza de un vehículo y alejar a los tripulantes del suelo, pero dificultando con ello su maniobrabilidad y perdiendo velocidad, o por el contrario optar por menor tamaño y mayor velocidad, estabilidad y maniobrabilidad. Hay que buscar una difícil solución de compromiso.

Finalmente, existe otra falacia que es preciso desterrar, y es la de creer que los soldados van engañados a las misiones en el exterior, que creen que van solamente a realizar ayuda humanitaria y se encuentran con la realidad de que son atacados. Nada hay más erróneo: en primer lugar, se trata de soldados profesionales que saben perfectamente lo que son las Fuerzas Armadas y a lo que se exponen. En segundo lugar, han recibido una instrucción que les prepara para el combate contra cualquier tipo de enemigo. Y en tercer lugar, y muy importante, antes de cada misión reciben una instrucción complementaria relativa a la zona en la que van a actuar, en la que se incluyen especialmente las medidas de protección que se deben adoptar y la forma de repeler los ataques.

Es comprensible que los familiares de los fallecidos, intoxicados por la propaganda partidista y quizá también creídos en lo que los suyos les contaron para, mediante una mentira piadosa, no preocuparles demasiado, reaccionen creyendo que los engañaron. Es hora de que todos los estamentos de la sociedad sepan que estas misiones tienen su riesgo y que nuestros militares lo conocen perfectamente pero lo afrontan en aras del cumplimiento de la misión que su patria, su pueblo, les han encomendado a través de su Gobierno. Nuestro respeto, admiración y gratitud a todos ellos, especialmente a los caídos y a sus familiares.