Minucias y espantos

HERMANN TERTSCH
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MANUEL Cobo ha sido sancionado por críticas a Esperanza Aguirre; Ricardo Costa, por el «caso Gürtel». Eso es al parecer lo que se mueve en el Partido Popular. Todo apasionante, vive Dios. Uno sancionado por grosero, el otro por exquisito. Les confesaré que esas dos novedades me traen perfectamente al pairo. Como los lloriqueos del alcalde de Madrid y las cursiladas del presidente de la Generalidad Valenciana. Con la que está cayendo, en el día de la memoria de la Shoa, del Holocausto, de la liberación de Auschwitz, en momentos en los que hay millones de españoles que viven en el límite de la desesperación y angustia por su existencia y la de sus hijos y nietos, me importa poco menos que un carajo las cuitas de los señores Cobo y Costa, los malos rollos de los señores Camps o Gallardón. Este país, que se ha convertido en una terrorífica anomalía en la comunidad de estados democráticos y civilizados de Europa, gracias a las ocurrencias e incompetencias de nuestro Gran Timonel, no puede centrarse en ridiculeces petimetres sino en mirar hacia adelante con todo el espanto lógico ante una situación objetiva pero también la esperanza de poder neutralizarla. Y generar ilusión entre una ciudadanía que realmente no se merece lo que están haciendo con ella. Lo dicho, que dos cachorros del Partido Popular tengan problemas, justa o injustamente, por lo hecho o por lo dejado de hacer no debiera angustiarnos demasiado.

Lo que debiera preocuparnos es que en los cuarteles de la Guardia Civil y las comisarías de la Policía existe una auténtica ansiedad por saber quiénes han sido los responsables directos de una traición a nuestras fuerzas de seguridad que hace crujir los cimientos del Estado. Muchos intuimos quién ha sido aquí quien dio las órdenes y volvemos al célebre Mister X. Muchos tenemos la íntima convicción de que los traidores son los máximos responsables de la defensa de la Constitución. Es la diferencia entre minucias y espantos absolutos. Aquellos que juraron defender esta Constitución cuando asumieron sus cargos de Gobierno son los traidores. Y parece que no pasa nada. Parece mentira que la principal fuerza de la oposición, dirigida por esa mano tan excesivamente tranquila por no decir indolente -alguno se atrevería a decir que directamente perezosa y vaga- de su máximo líder, no se dé cuenta de que el caso Faisán es la peor traición a la democracia que se ha cometido en España desde el Golpe de Estado del 23- F. Y que todas las partes conscientes de esta sociedad tan poco consciente en general, exigen que todos los responsables de esta suprema vileza, la colaboración con la banda armada ETA por parte de dirigentes políticos de la Policía, sean llevados a los tribunales y carguen con todas las responsabilidades políticas y penales que correspondan. Dudo mucho, personalmente, que nuestro querido Fouché Rubalcaba, ministro del Interior, el pico de oro de un Gobierno en general bastante patán en su expresión, pueda darnos una explicación más piadosa y verosímil de lo que ha sido una traición en toda regla del Gobierno a sus fuerzas de seguridad. Si yo, en mi querida Ondarroa, donde la torre de Lecona recuerda a la madre de San Ignacio, en Motrico, cuna de los Churruca o en el pueblo de mi madre, en Deva, le hago favores a ETA, sabría cómo hacerlos. Y quizás añadiría seguridad para mí y los míos siempre asediados y amenazados. No lo hago. Pero nuestros txikos del Gobierno, que jamás ha pisado Ondarroa, Motrico o Deva, hacen favores al terrorismo a través de su policía política para buscarse favores a corto, medio o largo plazo. Traicionando a miles de guardias civiles, policías y ciudadanos de bien que viven en la dignidad y en la lucha permanente contra la miseria de la violencia terrorista y del odio nacionalista. Algo nos habrán de explicar quienes de momento se hacen los locos. Los ladrones de la corrupción han de ir por supuesto a la cárcel. Pero aun más encerrados habrán de estar quienes nos han traicionado hasta poner en peligro de muerte a los jóvenes españoles que luchan por nuestra seguridad común.