Un milagro imposible

M. MARTÍN FERRAND
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RESULTA natural y lógico que un creyente acérrimo y piadoso confíe en los milagros como posible solución de sus problemas; pero que José Luis Rodríguez Zapatero, presuntuoso de su descreimiento, espere que lo sobrenatural venga en su ayuda, nos redima del paro, alivie el déficit y, de paso, convierta en centrípetas las fuerzas centrífugas que tanto perturban nuestra potencialidad de futuro parece, más aún que contradictorio, totalmente ridículo. Incluso quienes recaban la ayuda celestial saben que machacar con el mazo es imprescindible y que, en suma, nunca se produce un efecto sin causa. Por eso resulta tan risible y dolorosamente cómica la figura presidencial que, como un mayordomo de vodevil, trata de limpiar con un plumero la suciedad y la ineficacia acumuladas por los años -seis en su caso- y dejar el escenario como una patena.

Cuando el paro arrecia y el déficit atosiga, al líder socialista se le ocurre la solución de retrasar en un par de años la edad de la jubilación. Ignoro si le engañan, se engaña o nos engaña; pero no hace falta ser muy listo para entender que los grandes males requieren grandes remedios. Una profunda reforma de nuestra normativa laboral es pieza sine qua non para engordar la productividad que nos flaquea y reforzar nuestro potencial competitivo; pero, en inquietante caso de sinécdoque mental, Zapatero confunde una parte mínima de la solución con el todo del problema. Hasta Celestino Corbacho, que no tiene acreditados ni el talento ni la sensibilidad política, se ausentó del Consejo de Ministros en que se recetó tan paupérrima medicina para, supongo, no sentir las convulsiones de la risa que, desde el cine mudo, genera el hecho de que el protagonista resbale con una piel de plátano.

Aquí tenemos acuñado, como expresión del pesimismo histórico, que no hay mal que por bien no venga. El mal, si es que lo fuere, ya está hecho: los sindicatos que tienen secuestrado al presidente del Gobierno con la amenaza de una huelga general ya tienen razones para convocarla. Es el momento de actuar y acometer con decisión y consenso la profunda reforma laboral que exige nuestra circunstancia para romper la inercia de un modelo productivo, anclado todavía en los supuestos del franquismo, en el que, a cambio de derechos desmedidos se adquiere el privilegio de no tener más obligaciones que las del acatamiento al poder.