Milagro en Comillas

M. MARTINFERRANDLA primera vez, hace ya mucho tiempo, que le escuché al

M. MARTÍN FERRAND
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LA primera vez, hace ya mucho tiempo, que le escuché al presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, la idea de convertir la vieja e inmensa Universidad Pontificia de Comillas en un Centro Internacional del Español tuve la sensación de que se trataba, como dicen los pasiegos viejos, de una sinjundia. Algo sin mayores fundamentos. Se demuestra, una vez más, que la realidad nace de los sueños, que son ellos los que la generan y engrandecen. Cuando ayer, al caer la tarde, Sus Majestades los Reyes llegaron al Palacio de Sobrellano, el que fue residencia de los marqueses de Comillas, para presidir el Patronato de la Fundación que acometerá la titánica tarea de convertir un seminario abandonado en un centro académico de proyección internacional, tuve la sensación gozosa de que todo es posible si se hace lo imposible para que lo sea.

Como las casualidades existen, no es raro que coincida una acción cívica, como la promovida por el Manifiesto por la Lengua Común -del que la Real Academia no quiere saber nada-, con un acto oficial y solemne como el que los Reyes presidieron en Comillas. Como para subrayarlo y poner en evidencia la mínima dimensión de algunos de nuestros líderes políticos, la Ejecutiva del PSC, la estructura que arma la vaciedad del president José Montilla, ha expresado su rechazo al Manifiesto, un paso más allá que no suscribirlo. «Rompería, dicen los socialistas, el actual modelo de inmersión lingüística». Una no querida, pero brillante, forma de ponerse en evidencia y dar valor a un Manifiesto que sólo pretende algo que la Constitución prescribe y los nacionalismos proscriben.

Las obras que ya se realizan en la vieja casa cántabra de los jesuitas, trasladada a Madrid en sus esencias y despoblada por falta de vocaciones, son alegóricas del esfuerzo que merece el idioma común, el que sin menosprecio de ningún otro de los idiomas españoles nos permite entendernos con quinientos millones de personas en todo el mundo. ¿De dónde habrá salido el desvarío separatista según el cual para ser mejor catalán, vasco o gallego conviene ignorar el castellano? En hermosa y contradictoria alegoría, el grandioso proyecto que ayer pusieron en marcha los Reyes de España se cimienta en la obra que culminó el segundo marqués de Comillas, Claudio López Bru, que nació en Barcelona y sirvió de anfitrión en Comillas -en sus días, tierra de Castilla- a muchos de sus paisanos, a sus amigos y socios americanos y a cuantos, sin pretender jibarizar sus almas, saben que hablando un mismo idioma se entienden las gentes más distintas. Un arquitecto catalán, Joan Martorell, hizo los planos después remodelados por otro catalán, Lluis Doménech i Montaner, de la vieja Universidad que será pronto Centro Internacional del Español. Algo simbólico, deseable y feliz, aunque le irrite a Montilla y sus compañeros de cuadrilla y tripartito.