El miedo y el divertimento

HERMANN TERTSCH
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MONTECASSINO

No es, por supuesto, un divertimento saber que nuestras instituciones se van a la mierda. Los hay entre nosotros tan preocupados por nuestro tejido institucional y también el legal que nos preocupamos y sufrimos incluso cuando las víctimas inmediatas del desmoronamiento son sus directos responsables, miembros de la secta tontiloca. Están demoliendo sin cesar, sin pausa, sin mayor aspaviento, las instituciones y organizaciones cívicas que los españoles han construido a partir de las cenizas durante décadas. Durante generaciones. Las están arrastrando por el lodo, despojándolas de dignidad y ridiculizando en su perfecta orgía del «aquí no pasa nada». El escándalo es mayúsculo. La vergüenza, infinita. Su repercusión es nula. «Aquí no pasa nada nunca» y todo será «como sea».

El problema está en que la calle lo acusa. No sé si les han insultado alguna vez en un paso de peatones. La primera vez que te llaman «hijo de puta» y te desean que seas deportado cuanto antes impresiona. El primer día que te llaman fascista cruzando una calle y te desean que terroristas palestinos te pillen cuanto antes, molesta. Cuando no te ha pasado nunca y siempre has sido un defensor de tus ideas, te llaman «nazi cabrón» en una esquina y te planteas en qué has ofendido a la gente para que te trate así por la calle. Empiezas a pensar en la razón por la que no estás ya seguro entre la gente. Y piensas ante todo en cómo hemos llegado tan lejos. En cómo han conseguido los peores hacerles con los argumentos. Y cómo los peores, los que nunca arriesgaron nada, han podido imponer con tanta violencia sus criterios al público. Lo cierto es que impuesta la selección negativa, lo único seguro ya es el miedo.