Qué miedo le tenía

Benjamín Prado
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Un buen día le conté a Marsé que andaba haciendo un libro con artistas invitados (con Javier Marías, Almudena Grandes, Enrique Vila-Matas...) y, como él es mi padre espiritual, tuvo la generosidad de darme un texto inacabado, el esbozo de un cuento, para que yo lo continuara. Aunque, como es lógico, yo lo hice andar por derroteros distintos a los que él se imaginaba. Así que, cuando se lo enseñé, él me confesó: «Pues yo tenía otra idea». Al final, con la suma de todo, del esbozo y mi desarrollo más la otra idea que él tenía, lo que hicimos fue lo que salió publicado como el relato «Las banderas son para los idiotas».

A Marsé yo le había tenido miedo sin conocerle durante años. Yo viajaba a menudo a Barcelona para ver a Gil de Biedma, pero no me atrevía a llamarle ni a tratar de conocerle porque tenía fama de lobo feroz. Para ser sincero, cuando le conocí se me quitaron los temores y desde entonces le sigo teniendo miedo, pero desde la amistad.

Ahora, si voy a Barcelona, comemos, o nos vamos a tomar una copa al Majestic, o nos vamos a Calafell, donde Juan mantiene un ambiente familiar muy especial, con los hijos, los nietos, los árboles, algunas gallinas...

Creo que con este premio se ha reparado una injusticia histórica que iba camino de repetir la que aconteció con Gil de Biedma. Marsé se merece el Cervantes. Y esto que yo pienso lo pensamos todos los marsistas, que somos muchos. Porque Marsé ha ejercido un magisterio más o menos visible sobre varias generaciones de escritores, desde Antonio Muñoz Molina a Justo Navarro, etc.

Pero es que además es un tío estupendo, porque es un hombre libre y sencillo, a pesar de su carrera y de su fama, lo cual es admirable. Es un tipo pijoapartesco absoluto y creo que, como es él, a mí me gustaría ser de mayor.

Escritor