¡Es el miedo, estúpido!

EDURNE URIARTE
Actualizado:

Participé este lunes pasado en un interesante debate de Canal Sur, La ronda, en el que se produjo un curioso alineamiento de opiniones cuando la presentadora nos planteó la reflexión sobre censura y religión. La mayor parte de la mesa arremetió contra los grandes males de la iglesia católica, de su historia de represión. El fundamentalismo islámico, la única amenaza por motivos religiosos en la Europa actual a la libertad de expresión, había desaparecido de la mesa. No existía, no tenía relevancia.

Esta asombrosa negación de la realidad me recuerda mucho al fervor por Obama que ha invadido nuestro país y toda Europa o las constantes alusiones a la «catastrófica presidencia» de George Bush de las que ha desaparecido toda referencia a la guerra. A la guerra declarada por el fundamentalismo al Islam liberal y a Occidente. Como si fuera un invento de Bush y de los neoconservadores, esa corriente político-intelectual de la que la izquierda europea sigue diciendo las mayores estupideces, mientras llama ignorantes a Bush, a Palin y a todos los votantes republicanos.

El fervor europeo por Obama tiene bastante que ver con su fortísimo simbolismo sobre la igualdad de razas y de oportunidades. Lo que comparto. Ésa es la gran revolución de Obama, su inmenso paso adelante en el fin de la discriminación racial. Pero el fervor por Obama tiene también que ver con la negación de la realidad. Con el miedo. El miedo al fundamentalismo, el miedo a la guerra. El mismo miedo que tuvo mucho que ver con el comportamiento electoral de los españoles tras el 11-M. Y que ahora se refugia en Obama, en la esperanza de que con él desaparecerá la amenaza, la guerra.

Se trata del mismo proceso mental que describen brillantemente Jespersen y Pittelkow en Islamistas y buenistas, un libro de crítica a la negación europea del fundamentalismo. Comienzan con una turbadora referencia a la fábula del escritor suizo Max Frisch, Biedermann y los incendiarios, la historia de un europeo corriente que niega la amenaza de los incendiarios. Por miedo. Hasta que su casa y su ciudad desaparecen bajo sus llamas.