Menos predicar y más dar trigo

Por M. MARTÍN FERRAND
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Suele sorprenderme el distanciamiento con el que José María Aznar se refiere al problema de la inmigración. Habla de él como podría hacerlo de la toma de Constantinopla por los turcos, como si no fuera algo dentro de su responsabilidad y competencia. En sus últimas declaraciones a la agencia Efe, el presidente del Gobierno fija, con precisión de analista fino, las tres vías posibles para atajar el problema -distinción nítida entre la legal y la ilegal, mejor control de fronteras y restricción de ayudas a los países permisivos con su emigración- y, tras ello, poco puede añadírsele al asunto. Esos son, sin duda, los tres grandes pilares sobre los que construir una actuación cabal en la materia. Y, ¿qué?

Diagnosticado el mal y bien recetado su tratamiento, ¿a qué esperamos? Si como nación -otra cosa es la UE- apenas podemos intervenir en la etiología del problema, la fórmula Aznar carece de sentido si no se convierte, de inmediato, en plan gubernamental de actuación. No es la opinión de un ilustre cualesquiera, sino la expresión de quien tiene poderes mayoritarios para pasar de las musas doctrinales al teatro. Sólo al Gobierno compete trazar una frontera infranqueable entre los inmigrantes legales y los ilegales de modo que los segundos no puedan pasar a la condición de los primeros con ningún trámite o planteamiento. Es el Gobierno, con el uso de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, el único que puede «blindar» las fronteras en evitación de intrusos indocumentados e irregulares. Es, igualmente, el Gobierno quien puede modular, en el jugo de las relaciones bilaterales, el «castigo» conveniente a los países permisivos, cuando no estimuladores, en la desordenada salida de sus ciudadanos con rumbo a territorio español.

¿Qué todo ello puede, y debe, ser coordinado con las restantes naciones de la UE?, ¿qué una acción continental conjunta significaría un abaratamiento, con incremento de la eficacia, de cualquier plan de actuación? Muy cierto; pero sin excluir que la teoría presidencial, lúcida, se con-vierta en actuación gubernamental, muy escasa. Con frecuencia reciente el presidente habla en, o para, los medios de comunicación como si fuera un líder de la oposición o, más frecuentemente aún, como si se tratara de un teórico de la ciencia política. Parece como un anticipo de su próximo y anunciado mutis, un entrenamiento para el futuro; pero no hay que olvidar que la presidencia, respaldada por una mayoría absoluta, confiere a su titular el privilegio de convertir en acción lo que para todos los demás podría quedarse en mera doctrina, en sermones de coyuntura, en proclamas de buena voluntad.