De memorias y olvidos

Por EDUARDO SAN MARTÍN
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«EL hecho del progreso está escrito con trazos gruesos en las páginas de la historia; pero el progreso no es una ley de la naturaleza. Una generación puede perder el terreno ganado por la anterior». Karl Popper nos recordaba, con esta cita del político y profesor liberal británico H.S.L. Fisher (1865-1940), la futilidad del optimismo con el que una determinada generación se enfrenta al futuro aupada en una creencia ilimitada en la irreversibilidad de la historia; o en la consideración de que puede ser heredera de generaciones anteriores pero no su deudora, porque el «tiempo nuevo» que se inaugura con ella sólo admite del pasado hipotecas muy limitadas.

Fisher concluyó en 1938 su gran obra, «Una historia de Europa», con un diagnóstico sombrío sobre el periodo de entreguerras. La «guerra para acabar con todas las guerras» no fue sino el preludio de otro desastre aún más terrible, al que se llegó por el fracaso de la Sociedad de Naciones y de las políticas de apaciguamiento frente al rearme alemán. Sólo un año después, los hechos confirmaron sus presagios. Ninguna generación tiene garantizado el terreno ganado por la anterior porque «el progreso no es una ley de la naturaleza» sino el resultado de la voluntad de los hombres.

Tan extensa introducción viene a cuento, salvadas todas las distancias, de algunos interesados ejercicios de memoria histórica que se hacen estos días en nuestro país. La Transición política española, ese «terreno ganado» que las generaciones anteriores han legado a las actuales, fue posible, entre otras razones, porque llevó a buen término dos procesos de «desmemoria consciente» con los que no repetir errores de generaciones precedentes.

Las discusiones sobre el nuevo régimen político tuvieron la virtud de clausurar los debates esencialistas que habían paralizado España durante los dos siglos anteriores, y concluyeron en un pacto pragmático sobre la naturaleza del Estado que no pretendía responder preguntas del pasado pero que tenía al menos el mérito de no suscitar otras nuevas. España era lo que decía su Constitución de 1978, y eso era lo que importaba. El lunes pasado, entrevistado por Jesús Quintero en TVE-1, Felipe González consideraba «ridículos» los intentos de reabrir aquellos debates. Otros muchos lo piensan, pero no lo dicen; esa es su responsabilidad.

La segunda razón la exponía el jueves la historiadora Carmen Iglesias ante una colección de nostálgicos (¿de perdedores?) de aquella añorada edad de oro. El pacto de la Transición, recordaba Iglesias siguiendo la pauta establecida por historiadores tan poco sospechosos como Santos Juliá, no expulsó de la memoria el pasado inmediato para condenarlo a un olvido vergonzante; aquel pacto constituyó un ejercicio de «olvido activo», en virtud del cual lo que se acordaba no era borrar un pretérito tumultuoso sino no convertir su recuerdo en una palanca de juicios políticos contemporáneos. El gran mérito de la Constitución de 1978, añadía la historiadora, no es haber recuperado la memoria de la Segunda República, como sostiene una parte de la izquierda española, que incluso ha elevado esa suposición al rango de propuesta parlamentaria; no, el mayor valor de nuestra carta magna es precisamente el de no haber repetido los graves errores de entonces.

En ese mismo acto, Alfonso Guerra, desde la altura de su propia experiencia de antiguo joven airado, dada a sus correligionarios con menos canas una lección de perspectiva histórica: dijo que se siente depositario de una herencia que «va de la Institución a la Constitución». Es decir, de una España que va desde la fundación de la Institución Libre de Enseñanza (1876) hasta el pacto de 1978. Cien años, no cinco, de lucha por la libertad. Por cierto, recomiendo a quienes gustan de revisarlo todo en estos días que repasen la suerte que el Madrid republicano reservó a la Residencia de Estudiantes y la Residencia de Señoritas, herederas de la Institución (El drama de los liberales. Claves. Marzo 2006). Iglesias, González, Guerra, nombres amortizados por una generación optimista confiada en el progreso irreversible de la historia.