MEDITACIÓN EN BEACONSFIELD

Por RAMÓN TRILLO TORRES. Presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo/
Actualizado:

EN un instante de melancolía, desencanto y escepticismo, el linajudo prócer hizo uso de palabras severas de desesperanza:

- Desengáñese usted, caballero, detrás de cada hombre se esconde un cerdo.

Parece que, desde un punto de vista biológico, la carne del hombre no ofrece diferencia sustancial alguna con la del gorrino y que la distribución y estructura básica de sus órganos son casi idénticas, pero sin duda el decir del noble escéptico no aludía a estas semejanzas, sino que su aviso se refería precisamente a aquella cualidad del hombre que determina que su materia sea por esencia distinta a la de cualquier otra criatura, por albergarse en ella el don del espíritu, siendo su negra ironía dirigida a avisarnos de que la perversión de este exclusivo don humano puede llegar a relegarnos al ámbito de lo porcino.

Cuando nos detenemos a pensar en la posibilidad de que el espíritu humano sobreviva al cuerpo, que permanezca vivo y autoperceptible en un mundo ajeno a la materia, entonces le solemos llamar alma; y la cuestión de si existe el alma y de si este eventual ser etéreo tiene reservado un destino más allá del tiempo en la Tierra ha ocupado desde siempre a la razón, al ser uno de sus más ígneos interrogantes, porque equivale a la pregunta final sobre el porqué de la propia existencia del hombre.

Una gran masa de la humanidad, guiándose por lo evidente de las apariencias, ha negado y niega la idea de que el espíritu sea alma y que como tal tenga una vida distinta de la que succiona de la materia. Otra gran masa afirma, por el contrario, su creencia en una nueva vida, pero para hacerlo se ve obligada a enfrentarse por medio de la razón o de la fe a la claridad de las apariencias que se oponen a esta tesis.

Son dos los tipos psicológicos extremos que pueden apreciarse entre los que aceptan que hay más vida que la material, a la hora de argumentar desde lo más profundo de su psique el motivo de esta aceptación.

Un tipo lo constituyen los narcisos, los autocontemplativos que mirándose en las aguas de su propia vida, se perciben con una imagen tan excelsa, que con relación a sí mismos y en su propia y exclusiva contemplación, no conciben que su ser se extinga, que desaparezca definitivamente, sin atender a lo que pueda acontecer a los demás, a los que solamente salvan por efecto reflejo, porque si no les sería racionalmente imposible aceptar su propia salvación. En los narcisos, el esplendor de su espíritu está amortiguado por la gula, por la voracidad incontrolada de su propio ser, lo que en cierta medida los hace acreedores a recibir la advertencia del gran señor desencantado.

En el otro extremo están los capaces de apartar la mirada de sí mismos y otear el horizonte en el que todos los hombres nos agavillamos. Ellos contestan a la pregunta de Heinrich Heine:

¿Por qué se arrastra sangrante y mísero,

Bajo el peso de la cruz el justo,

Mientras feliz en lo alto del caballo

Trota cual vencedor el malo?

Para éstos, el más allá es algo que nos compromete moralmente a todos, porque a todos nos compete la exigencia moral, sin narcisismo alguno, de un acto final de justicia, templado en el cristianismo por la idea de la misericordia.

Estos tipos de razonamientos y justificación frente a la cuestión del más allá, todos ellos profundamente respetables, puesto que se pronuncian ante el vértigo de las tinieblas que limitan el tiempo finito, tienen una posibilidad de traslado menos dramático al mundo de la Política, de la dirección de la sociedad de los hombres.

Si jugamos al reduccionismo a que nos obliga este planteamiento, nos damos de bruces, en primer lugar, con el gran número de los políticos que sólo ven las apariencias y que aún ni siquiera éstas son a veces capaces de percibir. Indiferentes mentales a algo que vaya más allá de lo que toca o hiere directamente a sus sentidos, sólo buscan permanecer y por eso su mundo es el de los adjetivos. Jamás necesitan de los sustantivos, porque carecen de la capacidad dialéctica de emitir conceptos que no sean puros lugares comunes. Son los grandes adalides de lo democrático o antidemocrático aplicado sin tino ni concierto, creen alcanzar la cima de lo agudo y demoledor cuando dicen que algo o alguien es impresentable y se sienten exquisitos y bien atrincherados cuando ante un ataque a alguno de sus actos manifiestan que ese no es su estilo, como si fueran Coco Chanel. No merecen, por eso, un grave reproche moral, puesto que a nadie se le puede demandar lo que no tiene.

De mucha más envergadura es la tipología de los narcisos: aquí con frecuencia hay talento y facultades, a veces tristemente degradados por un aldeanismo difícil de comprender en quienes participan en la vida política de un país que normalmente se sitúa, en la valoración de los datos más favorables en cuanto a la civilización, el bienestar y el progreso, entre los diez primeros del mundo.

Su narcisismo, como posible elemento perturbador de su acción y visión política, no depende tanto de un probable exceso de autosatisfacción, cuanto de una clara tendencia a parcelar y disminuir en exceso la extensión y profundidad de lo que aprecian con su mirada, y en ese limitado territorio, ideológico o meramente geográfico, forman sus criterios o estrategias, de modo que la suerte de lo demás la remiten a que no entorpezcan su corto panorama, haciéndose así a la postre narcisos y víctimas de su pobre y deformada visión, que al final los empequeñece también a ellos.

A diferencia de los anteriores, los que sólo alcanzan a rastrear en las apariencias, los narcisos merecen en ocasiones la descalificación moral que rezuma de la fuerte afirmación del prócer desencantado, porque a veces es imposible aceptar que su clara inteligencia no vea la densa niebla que pueden expandir en la comunidad política.

Finalmente, escasos pero vitales para la suerte de la comunidad, están los que ennoblecen hasta el esplendor el arte de la política, los dotados para ver más allá del tiempo inmediato y de las fantasmales y volubles apariencias, los que penetran el sentido positivo de la Historia y hacia él educan y orientan a la multitud que participa en la democracia y que la realiza sin ser plenamente consciente de ello, ocupada en sus pequeños e indispensables quehaceres de cada día, los que dentro del juego de los partidos y de las ideologías propios de las sociedades libres, saben captar la arteria aorta que irriga y da vida al conjunto. Ellos tienen conciencia de su mirada amplia y generosa para la sociedad, y por eso cuando se ven en el espejo su imagen no la deforma la ridícula vanidad, sino el orgullo de la pasión creadora de horizontes a la que se entregan, por modestos que éstos puedan ser.

Nada de lo que intento decir tiene que ver con el corsé de hierro mental de la corrección política ni con el ámbito ideológico, de poder, de oposición o de territorio en que cada uno se ubique, sino que trata de sorprender algo de la veta más profunda que alimenta individualmente el quehacer de nuestros políticos.

En el día de hoy, Benjamín Disraeli sería un paradigma de incorrección política: era imperialista, proteccionista, partidario de la unión de la Iglesia y del Estado, y se enorgullecía de que su mujer, a la que amaba con intensidad, le evitase todas las pequeñas preocupaciones domésticas que agotan a un espíritu masculino. Pero nada de esto impidió que este judío inglés, ajeno a la alta clase social anglicana que gobernaba Inglaterra sucediéndose a sí misma desde los Tudor, llegase a alzarse ante los ingleses como uno de sus grandes estadistas de la época victoriana. Acabó, ya viudo, escribiendo billetes casi de amor a la Reina Victoria, lo que acredita que veía bien la belleza interior de las personas, porque apreciada en su exterior, la Reina tendía más a callo que a nardo. Ninguno de los dos era hermoso y la diferencia de sus inteligencias era grande, pero André Maurois nos dice que los unía el que carecían los dos de insignificancia.

La Reina lo ennobleció, haciéndolo conde de Beaconsfield, Lord Beaconsfield, un villorrio próximo a Windsor.

- ¿Y cuándo fue que estuvo usted meditando en Beaconsfield, mi querido amigo?

- Nunca, milord, nunca, pero estoy seguro de que si alguna vez hubiera estado allí, mi meditación habría sido la que aquí dejo transcrita ...