Media España contra la otra media

Por César ALONSO DE LOS RÍOS
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España, o lo que queda de ella como diría Jiménez Losantos, está dividida en dos bandos:

-por un lado los partidarios de la Reválida como examen de y para el Estado; por otro, los detractores de la prueba. Y por si había peligro de que la polémica pudiera quedarse en un puro debate sobre la enseñanza y, por tanto, no se convirtiera en un foso político, Zapatero dijo aquello de que la Reválida era una vuelta al franquismo.

-los que respetan la autonomía de la Iglesia y sus normas interiores y los que la critican por haber suspendido «a divinis» al cura «gay» de Valverde del Camino.

-los fans de Camilo José Cela y los detractores no sólo de los méritos literarios del creador sino del propio personaje.

-los que hicieron el vacío al entierro de Adolfo Marsillach y los que pusieron en falta a los no asistentes.

-los entusiastas de la globalización incluso como forma de integración de los países pobres y quienes la consideran un paso más allá de lo que definió Lenin como imperialismo. Ésta sería la fase suprema del capitalismo.

No hay nada que no sirva para definir los dos campos, la derecha y la izquierda, el conservadurismo y el progresismo. Como en el filme de Chaplin, aquí uno puede ponerse a correr con un trapo rojo y termina por seguirle una multitud. No sé quién fue el primero en ponerse al cuello un pañuelo rojo en el reparto de los Goya pero el hecho es que el gesto hizo furor. Se creó un clima de complicidad de mártires del maccarthysmo que terminó por pagar el pobre Vicente Aranda, de cuya ideología no sé nada ni tampoco me interesa. Pero este hombre había tenido la osadía de abordar un tema políticamente incorrecto: el mito castellano de Juana la Loca, ciertamente progresista en su tiempo, esperanza de Comuneros, revolución democrática avant la lettre, pero en definitiva parte de la -para algunos- odiosa historia de España. Tal producción había sido presentada por algunos como la opción cultural provinciana frente al cosmopolitismo de Amenábar.

No hay día que no se aproveche algo para abrir una división porque el caso es tirar contra el otro, definirse frente al otro, confrontarse de forma sistemática.

Es tal el tal vacío ideológico y tanta la necesidad de ser algo frente al otro que se echa mano de cualquier pretexto para convertirlo en símbolo y apoderarse de todo lo que le pueda concernir de él. Así, Zapatero propuso una celebración del aniversario del Quijote por todo lo alto. Si lo hubiera hecho Aznar habría sido una prueba del españolismo más cerrado y militante. Muchos progresistas se habrían apuntado a la tesis de Leopold Blum sobre la superioridad de Shakespeare respecto al manchego.

Esta catalogación de todo en derecha e izquierda resulta estomagante: enrarece la vida pública, la reduce a eslóganes, da un tono guerracivilesco a las relaciones. Hay quien está por la Reválida pero teme decirlo porque se expone a ser etiquetado como «popular»; otros no se atreven a recomendar atención al Foro de Porto Alegre por temor a que se les tilde de criptorrevolucionarios especialmente cuando están convencidos de que la marcha histórica va por Davos. Y ¿por qué no es posible confesar sin miedo a ser confundido los méritos literarios del «Viaje a la Alcarria» y el rechazo de los hechos y dichos del ciudadano Cela? Porque sacar del baúl el pañuelito rojo que llevó en otros tiempos en la Casa de Campo -cuatro muleros, madre- si uno pretende tan sólo ver «Los otros», que ni es de un color o del otro sino que es cine-cine.

Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios.