MÁS SOBRE LA CIRUGÍA ESTÉTICA

Por Juan Manuel DE PRADA
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Don Rafael de la Plaza, cirujano plástico, responde indignadísimo a mi artículo del pasado lunes, en el que despotricaba contra su oficio. Afirmaba que nunca había leído una «opinión tan disparatada», señal inequívoca de que nunca me había leído antes, porque el denuesto de quienes hacen negocio «vistiendo el gusano de confite» -cito a Quevedo- ha sido uno de los asuntos más tratados por este pobrecito hablador, desde que ABC me cediera en usufructo sus páginas. Me repugna la cirugía plástica, señor De la Plaza, soy así de retrógrado y de fundamentalista; me repugna que un avance de la ciencia médica se haya convertido -lo hayan convertido ustedes- en un afluente de la cosmética; me repugna que la gente se aferre a una juventud falsificada y que ustedes amasen fortunas aprovechándose de los traumas de quienes no acatan el veredicto de la naturaleza. Y se me antoja un delirio que un cirujano plástico se presente como un benefactor de la Humanidad, encargado de solucionar «trastornos psicológicos»; si esos trastornos existen es porque previamente se ha creado un clima de papanatismo social que impone cánones estéticos desquiciados; y ustedes, los cirujanos plásticos, fomentan este clima y se forran con esos trastornos. Así de sencillo y así de verdadero.

En su carta publicada ayer en ABC, don Rafael de la Plaza se inmiscuye en mi intimidad, alegando que, si execro la cirugía plástica, es porque he tenido «la inmensa fortuna» de que mis familiares no hayan padecido «inquietudes respecto a su imagen». A esto se le llama estar dotado de ciencia infusa. He tenido, en efecto, una inmensa fortuna: he crecido en una familia que jamás concedió importancia a esas chuminadas, una familia que me formó en otros valores menos tontorrones y me enseñó que la valía de una persona no depende de sus peculiaridades anatómicas. Yo nací con unos orejones de tamaño proboscidio, herencia genética de mi bendito abuelo, quien, en efecto, jamás padeció «inquietudes respecto a su imagen». Con los años me he ido poniendo como un botijo, como mi bendita madre, a quien tampoco han asaltado nunca estas inquietudes de las que los cirujanos plásticos sacan tajada. Lamentablemente, no he heredado la calvicie de mi bendito padre (aunque todo se andará), a quien desde luego no preocupan estas memeces. Tiene razón el señor De la Plaza cuando afirma que «los problemas psicológicos de los hijos no se solucionan siempre con una simple conversación afable de los padres»; en efecto, se solucionan aconsejándoles la lectura de buenos libros, desvelándose por su educación, incitándolos a aprovechar sus talentos. Mis padres, por cierto, me llevaban a misa, donde escuché la parábola de los talentos y otras enseñanzas muy provechosas que me convencieron de que hay asuntos más importantes que unas tetas más o menos protuberantes.

Me parece lamentable que un cirujano plástico justifique su labor (que, salvo casos aislados, considero una variante encubierta del delito de lesiones, con la agravante de que esas lesiones se perpetran prevaliéndose de la debilidad mental del lesionado) aduciendo que «unas orejas de soplillo en un niño puede ser motivo de mofa y escarnio por parte de sus compañeros de colegio». Me gustaría saber si el señor De la Plaza ha mantenido su consulta a lo largo de cuarenta años reparando tan sólo orejas de soplillo. Mi hija Jimena, por cierto, ha heredado las orejas de su bendito bisabuelo ya difunto y las orejas de su padre; y le aseguro, señor De la Plaza, que mi hija Jimena jamás va a pisar su consulta, como no la ha pisado este menda; antes le juro que aprendemos ambos a agitarlas y echamos a volar, como aquel elefante Dumbo con el que me comparaban de pequeño algunos imbéciles que compartieron pupitre conmigo. Esos, en cambio, seguro que hacen cola ante su consulta.