Lo más lejos del centro

VALENTÍ PUIG
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SE le corta la mayonesa industrial al zapaterismo cuando pretende una y otra vez identificar al Partido Popular de Rajoy con el franquismo. Escenificar en agitadas asambleas universitarias una contramemoria histórica habrá apartado del PSOE gran parte de los votos de centro que aún le queden. Es la frustración del ama de casa al comprobar cómo ligar una mayonesa tiene algún que otro obstáculo porque la emulsión fría requiere de buena muñeca. En definitiva: cuanto más quiera Zapatero arrinconar al PP hacia la derecha, más a la izquierda tendría que ubicarse el zapaterismo. Y eso que nadie sabe exactamente dónde se originó la mayonesa.

Es empresa estéril proponerse la definición de voto de centro y de sus comportamientos, de su evolución en las costumbres, las virtudes y los intereses. No se encuentra en compartimentos estancos, sino en zonas de fluidez, en ámbitos de la sociedad donde hay ventanas abiertas, mientras que el voto más ideológico usa envases generalmente herméticos. Definir el centro es difícil, pero existe. Tiene que ver con la movilidad social, con los trasvases de la clase media, con arraigos, capacidad adquisitiva, valores vivos y con ese trasiego tan higiénico que va del centro-izquierda al centro-derecha y al revés.

Ahora mismo, lo más lejos del centro queda simbolizado como yacimiento pleistocénico por el encuentro pro Garzón en la Facultad de Medicina de la Complutense. Hubo una retrogresión primaria de la memoria histórica pero, sobre todo, la reescritura del presente en términos de «un nuevo fascismo español». Tal proceso maligno quedó denunciado en aquel acto, como si ese nuevo fascismo español viniera en las páginas amarillas. Asombra que las páginas todo salmón del «Financial Times» de ayer dedicasen un editorial a mitificar la figura del juez Garzón, cuando el propio defensor del encausado prefiere que la cuestión se circunscriba a las vertientes de procedimiento, sin prácticas víctimistas.

El voto de centro no es un nicho, sino más bien la corriente principal de un río que decanta sus residuos en los meandros. Da por supuesta la centralidad de la persona en la Historia. Cerebralmente, su posicionamiento posiblemente sea en la corteza prefrontal, allí donde procesamos transacciones mentales complejas, las que más afectan a nuestros matices de la libertad. Uno administra así sus identidades moderadas, y las canaliza hacia el PSOE o hacia el PP. Así es como atendemos a la razón de la memoria histórica, en virtud de su correlato con el juego limpio y la ecuanimidad. No será un voto agresivo ni omnímodo: sedimenta de modo paulatino hasta decantarse estadísticamente para que quepa en los moldes demoscópicos del CIS. Es el plato fuerte para dentro de dos años, al final de un trayecto que adivinamos tristemente hollado por el paso de las vacas flacas.

La idea de reforma triunfó con la Transición y fue una constante irregular con la UCD, con el felipismo y con los dos gobiernos del PP, considerando todas las distancias y disparidades que se quieran. Con el zapaterismo se regresó al talante de ruptura, con lo que, paradójicamente, el espíritu reformista se convirtió en inmovilismo, como se constata en la parálisis del Gobierno ante la recesión económica. Y el caso es que el voto de centro no carece de un componente suavemente reformista, ajeno a la ruptura, es decir, al inmovilismo.

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