Luz, más luz

Jaime CAMPMANY
Actualizado:

Estaba cantado hasta con estribillo. Los pretendientes de la niña bonita esperaban el desenlace de la noche de bodas desde dentro de la alcoba y espiaban por encima del biombo. En cuanto se produjo la dolorosa separación, el adiós de ese amor imposible, empezaron a salir pretendientes que piden la mano de la niña bonita en lenguajes extraños. Ya han salido dos, que prácticamente han tirado el biombo excitados por la impaciencia, uno alemán y otro americano. Son altos, poderosos y vienen cargados de dinero. Vendrán otros, igualmente grandes y ricos, y alguno de ellos se llevará la mano y los kilovatios de Iberdrola, la niña bonita de las eléctricas españolas. Rodolfo Martín Villa quiso ponerle la mano encima y el Gobierno, Rodrigo Rato, José María Aznar, vaya usted a saber, le sacudió una descarga.

Como tengo la sospecha de que no voy a escribir nunca en el Financial Times, voy a ser más parco en elogios al Gobierno que el famoso periódico inglés. El Financial Times se enternece ante la defensa heroica de la competencia que practican aquí nuestros gobernantes, que en este caso es casi una defensa que empieza contra nosotros mismos. Una Numancia endógena. Ya veremos cómo continúa luego esa defensa cuando lleguen aquí los grandes monstruos eléctricos, tan hechos a repartirse el poder y a sembrar convolutos. Al final, lo que hemos impedido al cargarnos la fusión Endesa-Iberdrola es una gran oportunidad para que España haga en Europa y en América lo que alemanes, franceses, ingleses o americanos van a hacer con nosotros. Es decir, quedarse con buena parte de nuestra energía eléctrica.

Es probable, vamos, es seguro, que alguien dirá que estos monstruos extranjeros vienen a vendernos más barata nuestra propia electricidad, y a comportarse con una feroz competencia entre sí que terminará por bajar algunos euros el recibo de la luz. Bueno, aquí, eso no tiene muchos precedentes, y podemos ir mirando sector por sector. Al principio, tal vez. Luego, suben los precios y además se lo llevan. Si Íñigo Oriol y Martín Villa no son capaces de administrar empresas que vendan sus productos con la misma calidad y al mismo precio que los grandes tiburones multinacionales, lo que tenemos que hacer con nuestros empresarios es colocarlos de camareros en un restaurante de Amsterdam.

No sé si cometo una temeridad al resistirme a entrar en las tesis del Financial Times, pero la mejor manera de defender, en este caso, la competencia no me parece que sea la de obligar a andar por la selva económica del mundo actual con el vatio colgando y en el papel de pariente pobre. Como sigamos aplicando estos criterios al mercado eléctrico, al final los enchufes serán alemanes o americanos, y nosotros nos conformaremos, como en otros tiempos, con aquella famosa «delantera eléctrica». Yo, por si acaso, voy a comprarme un quinqué autárquico o una lamparilla de aceite de oliva, que de eso tenemos, y me iré acostumbrando a los apagones como en California. Ya habrán visto ustedes que en California, el paraíso de los superdólares, también sufren apagones como en la España de la posguerra.

A lo mejor, la niña bonita, Iberdrola, o sea, cae en manos de los americanos y nos dejan a todos a oscuras como si estuviésemos en el estadio del Rayo Vallecano. Estoy intrigado. Quiero ver en qué manos extranjeras cae Iberdrola para ir enterándome de quién ha provocado el cortocircuito. Porque no hay quien me quite de la cabeza que aquí hay un cortocircuito. Al final, siempre se sabe quién ha pelado los cables. No entiendo al Gobierno, pero menos entiendo a la oposición. Reprocha ahora a Aznar que no haya hecho lo que ellos anunciaban que iba a hacer, reprochándoselo de antemano.

A mí Goethe. Luz, más luz.