La Tercera

El día de la marmota catalana

«Hoy, la ciudad de Barcelona será invadida por toda esa gente, jubilados en su gran mayoría, que llegarán en autocares fletados por el «Òmnium», la ANC o por los propios ayuntamientos. En su mayoría dinero público. Al fin y al cabo es su fiesta anual para pedir la independencia, desde que Mas, el hijo político de Pujol, disparó el pistoletazo de salida cuando su maestro, junto a todos su hijos y su mujer, fueron imputados por corrupción masiva»

Jorge Trías Sagnier
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El 11 de septiembre, como todos los años desde 1976, ocurrirá lo mismo que todos los años: Los partidos y asociaciones nacionalistas depositarán una ofrenda floral en el monumento a Rafael de Casanovas que, sosteniendo el mástil de la bandera, cae herido al final de la guerra de sucesión en 1714 poco antes de que las tropas de Felipe V vuelven a entrar en la ciudad de Barcelona.

Pero este no es el tema. Hoy este 11 de septiembre marcará, nuevamente, el inicio de la confrontación anual con el Estado y en esta ocasión servirá de plataforma de ensayo para cuando se haga pública la sentencia y comience el festival de protestas por las presumibles condenas de quienes llevan casi dos años encarcelados o fugados. Los antaño terroristas, algunos de ellos condenados a más de treinta años de prisión, se retratarán con los Torra, los Puigdemont, los Junqueras y demás ralea; y veremos a los Carles Sastre y al tal Bentanach, que participó en el secuestro y tiroteo de Jiménez Losantos, pasearse por las instituciones como Pedro por su casa. Porque lo cierto es que ahora las instituciones catalanas se han convertido en su casa. Y es posible que más de un obispo o arzobispo clame también contra la «injusticia» por mantener a tan «buenas personas», alguno ferviente católico, en la cárcel. Los discípulos de Batista i Roca, ese antropólogo empeñado en resucitar la «raça catalana» y del arzobispo Pont i Gol, son quienes inspiran hoy el catalanismo, tanto el laico como el de inspiración católica. Pero de aquellos a los que asesinó, secuestró y disparó el independentismo catalán y de los que la Iglesia se olvidó y las instituciones despreciaron, no se acuerda nadie.

Carles Sastre, hoy secretario general del sindicato de la CUP y calificado como «preso político» por TV3, fue quien puso la bomba en el pecho a José María Bultó que, al explotarle, lo dejó descuartizado. Y no satisfecho con esa hazaña, al haberse beneficiado de la Ley de Amnistía, también participó en el asesinato del matrimonio Viola por el mismo método. Una de las hijas de Viola tuvo que reconocer el cadáver de su padre decapitado. Cuando Torra accedió a la presidencia de la Generalitat, sin embargo, no tuvo inconveniente en fotografiarse junto al terrorista saludándole afablemente. Anteriormente, el tal Sastre ya había aparecido retratado junto a Artur Mas y a quienes habían suscrito el Pacto por el Referéndum. Estos terroristas, ahora denominados «patriotes catalans», procedían de un grupo que se denominó Epoca (Exercit Popular de Catalunya) que se había inventado un personaje llamado Martínez Vendrell inspirándose en ideas de Batista i Roca al que Pujol le otorgó la Creu de Sant Jordi. Este antropólogo, que suscribió el manifiesto «per la conservació de la raça catalana» en 1934, fue uno de los fundadores del escultismo catalán y de los «minyons de muntanya». Martínez Vendrell, que pasaba por ser experto en explosivos, junto a otros personajes como Montserrat i Sangrá o Fredi Bentanachs, que salió el otro día fotografiado en estas páginas junto a su socio Puigdemont, son los que, procedentes de este fantasmagórico y criminal «exercit» fundaron Terre Lliure, el grupo terrorista catalán organizador de los crímenes de Bultó, del matrimonio Viola y del secuestro y tiroteo del periodista Jiménez Losantos. Ahora se han reconvertido en las autodenominadas CDR con apoyo institucional de la Generalitat y mediático de TV3.

Y lo más increíble del asunto es que cuentan con el apoyo de una buena parte del clero catalán con el peregrino argumento de que el independentismo, los lazos amarillos o las partidistas esteladas es lo que quieren una buena parte de catalanes. ¿Cómo ellos, los «pastores», van a recriminar esas ideas a sus ovejas? Incluso van más allá: ¿Por qué no colocar esos símbolos en los campanarios o en las fachadas de las iglesias? El nuevo arzobispo de Tarragona, Planellas, reivindica la figura del «gran Pont i Gol», ese arzobispo que se autoproclamaba «Primat de las Espanyas», como si ese titulo existiera. Este «gran» arzobispo fue el arquetipo de la doble moral, del mirar hacia otro lado y de justificar, al fin y al cabo, con su silencio, los más aberrantes crímenes del independentismo catalán. El horrendo asesinato de Bultó lo convirtió el arzobispo en un «doloros afer» (doloroso asunto) y no tuvo vergüenza en firmar un documento en favor de uno de los implicados en el crimen, Lluís Montserrat i Sangra, por ser la madre de éste de la misma villa natal, Bellpuig, del arzobispo y conocerla desde la infancia. Al fin y al cabo, el «gran» Pont i Gol tenía una «vella i profunda amistat amb la seva familia» (la del terrorista). El hijo de Bultó, Manuel, tuvo que escribir al Papa, entonces Juan Pablo II, quejándose del trato recibido ya que, entre otras cosas, alguno de los terroristas gozó de protección en el monasterio de Montserrat para huir de la acción de la Justicia en tiempos en el entonces abad, Casiá Just, que no escondía su simpatía y adhesión a la Esquerra Republicana de Catalunya. El Santo Padre sí otorgó protección a la familia Bultó y en su visita relámpago a Montserrat le dio al Abad una dura reprimenda.

Hoy, la ciudad de Barcelona será invadida por toda esa gente, ancianos y jubilados en su gran mayoría, con sus símbolos estelados y sus lacitos amarillos, calzados con sandalias de suela gore-tex, y todos con sus pensiones y jubilaciones bien provistas. Llegarán en autocares fletados por el «Òmnium», la ANC (Assemblea Nacional Catalana) o, incluso, por los propios ayuntamientos. En su mayoría dinero público. Al fin y al cabo es su fiesta anual, la fiesta que se organiza en Cataluña cada año, como el día de la marmota, para pedir la independencia, desde que Mas, el hijo político de Pujol, disparó el pistoletazo de salida cuando su maestro, junto a todos su hijos y su mujer, fueron imputados por corrupción masiva. Antes de convertirse en la fiesta independentista, el 11 de septiembre ya era la fiesta del nacionalismo catalán, que recibía con pitos, protestas y piedras a los tímidos populares que, de forma vergonzante, pretendían colocar flores a Casanovas.

Es de tal calibre la estupidez que nos rodea que hay una asociación denominada «Nova Història», liderada por un ignorante llamado Bilbony, amiguete de Junqueras, que pretende que Colón, Santa Teresa, Shakespeare, Hernán Cortés, Erasmo o Copérnico eran catalanes. Así se escribe la historia en buena parte de Cataluña. Fukuyama, en su nuevo ensayo «Identidad» se refiere al «thymós» o esa parte del alma que busca el reconocimiento. Ese «orgullo» con el que se forjan, para bien o para mal, los sentimientos nacionales. Mal asunto en Cataluña mientras sigamos celebrando el 11 de septiembre de 1714, una derrota sin paliativos.

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Jorge Trias Sagnier es Abogado y escritor