Ignacio Camacho

El marianismo estacional

Descifrar proyecciones de voto fuera del período electoral es como comprarse un abrigo en pleno agosto

Ignacio Camacho
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Interpretar una encuesta de intención de voto fuera del período electoral es como comprarse un bañador en enero o un abrigo en agosto. Mero voluntarismo, por mucho que la toma de temperatura sociológica apasione a los políticos. No es que las oleadas trimestrales del CIS desenfoquen el estado de opinión pública, sino que sin elecciones a la vista sólo tienen un relativo valor de pronóstico basado en la tendencia de votantes estables, inamovibles, fijos. Si incluso ante la inminencia de la votación se mantienen hasta el final amplias bolsas de indecisos, lejos de las urnas apenas puede afinarse un vago vaticinio.

Con esa salvaguarda, el barómetro de invierno refleja el «momento valle» del marianismo. El PP vive del instinto de conservación de las clases medias maduras, que sin el poder en juego se adormecen ante un estilo de gobernar rutinario, amodorrado y cansino. Relajada la tensión del año electoral, sus puntas de voto oscilan en el sesteo de unos electores entre desmotivados y aburridos. Con todo, mantiene un suelo alto y asentado que ha dejado atrás sus peligrosos mínimos; aquel enclenque 28 por ciento de 2015 ha subido en un año una media considerable, si bien el incremento disminuye en un trimestre de los seis puntos a los cinco. Sumados al consolidado 12 por ciento de Ciudadanos, el centro-derecha se va en conjunto a un 45, que proyectado en escaños ronda la mayoría absoluta a falta o sobra de algún pico.

Al otro lado del eje, Podemos continúa en sus porcentajes de octubre, sin que la abierta bronca entre sus facciones le reste un ápice de respaldo. Sus seguidores, la España rupturista y descontenta, mantienen ante el Gobierno conservador un rechazo firme aunque estancado. Es un voto ideológico de combate, incólume, resuelto, compacto. El PSOE tampoco sufre consecuencias de su pugna por el liderazgo. Al contrario, su oposición constructiva de los últimos meses le otorga un leve ascenso que no le basta para deshacer el famoso sorpasso. En conjunto, el bloque de izquierda se va por encima del 40 por ciento, quedando otros quince puntos para el reparto. Ahí entran los diversos grupos nacionalistas, siempre al acecho de una oportunidad de desequilibrar las fuerzas si se quedase corta la suma entre PP y Ciudadanos.

El retrato demoscópico, aun matizado por la estacionalidad, enfría algo el optimismo con que el partido del Gobierno va a abordar su congreso de este fin de semana. Está en una cómoda posición y mira a sus adversarios por el retrovisor, pero no a la distancia suficiente para dar por segura su ventaja. En estas condiciones, Rajoy se lo pensará bastante antes de activar un mecanismo electoral que puede esconder sorpresas indeseadas. El presidente es hombre de pocos experimentos; sabe que en los duros meses de invierno hay que salir abrigado y que por tentadora que sea la ropa de vacaciones existe un vestuario para cada temporada.

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