Marañón y la medicina futura

Por JOSÉ BOTELLA LLUSIÁ. Presidente de la Fundación Gregorio Marañón
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DESDE 1977, centenario de su nacimiento, existe en Madrid una «Fundación Gregorio Marañón» presidida por Pedro Laín hasta su muerte y ahora por mí, que intento, aunque no sé si con fortuna, seguir sus pasos. Todo el mundo cree que esta fundación cultiva, examina y recuerda la obra humanística e histórica de don Gregorio, pero muy pocos saben que tarea muy fundamental nuestra es el estudio retrospectivo de su obra médica. Porque la medicina actual evoluciona tan deprisa, que casi puede decirse que todo lo descubierto antes de 1990 es ya cosa obsolescente y que nuestros diagnósticos y nuestros tratamientos se basan en hechos recientemente descubiertos. Necesita así el médico un continuo reciclaje y por lo tanto presta, escasa cuando no nula, atención a lo que podemos llamar los «conocimientos clásicos». De este modo la obra marañoniana, publicada desde 1910 hasta 1960, no tendría ya más que un interés histórico. Y así sucede en efecto, con el legado de maestros tan ilustres y contemporáneos de Marañón, como Novoa Santos, Pedro Pons o Jiménez Díaz. Sus lecciones, sus libros, sus artículos fueron en sus días, memorables. Pero hoy ya no nos enseñan nada en que nos podamos apoyar. Una excepción a este hecho es Cajal. Produce alegría el que siempre que se lee un artículo americano, inglés o escandinavo sobre Neurofisiología, se empieza citando a don Santiago y tomando sus clásicos dibujos como base de cada nueva investigación. Durante mucho tiempo no hemos pensado lo mismo de Marañón, pero ahora nos damos cuenta de que gran cantidad de hechos nuevos de la Endocrinología y del Metabolismo los había anunciado ya él hace cincuenta o sesenta años sin que nos hubiésemos dado cuenta de que había predicho cosas que entonces no se sabían y que, sólo más de medio siglo después, hemos visto que eran una realidad. Así ha ocurrido por ejemplo con la evolución de la sexualidad: cuando él dijo que la mujer era un estado intermedio entre el niño y el varón no se conocían los datos genéticos que han corroborado este al parecer paradójico aserto. Tampoco se había uno podido explicar por qué decía que la obesidad era un factor desencadenante de la diabetes resistente a la insulina. Las relaciones de la emoción con la fisiología nerviosa, nos parecían coplas de calaínos y sus opiniones sobre las artritis reumatoideas, hoy día demostradas como ciertas, pura literatura.

Hay que tener en cuenta además que don Gregorio no era un hombre de laboratorio. Aunque mantenía un equipo de investigación del cual yo en mis tiempos de doctorando llegué a formar parte, sus afirmaciones no las sacaba de las que nosotros veíamos y nuestros protocolos, que él cuidadosamente estudiaba y comentaba, le servían para poco. Extraía sus afirmaciones de la observación clínica, y del enfermo. El hombre vivo le revelaba los hechos que nosotros tratábamos de arrancar a las conejas o a las ratas con un experimento. ¿Cómo llegaba Marañón a estas casi prodigiosas dotes de adivinación? Sin duda mirando la realidad, pero con ojos distintos a los nuestros. En aquellos años don Eugenio d´Ors -perdóname lector que los llame don Gregorio o don Eugenio. Fueron los maestros de mi juventud y no me acostumbro a nombrarles de otro modo- don Eugenio, pues, decía que las cosas tenían su «aspecto» y su «prospecto». Un poco cómicamente quería con ello decir que las cosas eran como se veían o como podían llegar a ser. El sein y el werden de los filósofos alemanes. El gran sabio, el gran investigador, es el que sabe ver lo que las cosas pueden llegar a ser. Es decir, conocer su «prospecto».

Cajal era uno de estos hombres. Yo alcancé todavía a conocerle. Era muy amigo y contertuliano de mi abuelo, médico también. Un día, ya poco antes de morir, hacia 1933, subí a su laboratorio, que estaba entonces en el Museo Velasco, donde hoy está el Instituto Etnológico. Iba acompañando a Villaverde, pariente mío, y le mostró a éste una «preparación». No me acuerdo de qué. Mira, ahí se ve esto y esto. Mira tú también, me dijo un poco despectivamente a mí, que no tenía más de veintiún años. Cuando bajábamos la escalera José María Villaverde me comentó. Es maravilloso: lo que él ha visto me estoy dos horas al microscopio y no logro dar con ello. Pues con Marañón, nos pasaba lo mismo; estabas horas y horas ante un enfermo en la cama del hospital, cuando él llegaba. Fíjate bien, este hombre tiene tal cosa. Yo no lo había visto, pero él lo descubría al momento, y no sólo lo presente, sino lo que podía pasar. Y pensando, pensando, veo claro ahora que Galileo y Newton descubrieron sus leyes mirando lo que los demás veían, pero no sabían comprender. Descubrir sin equivocarse lo que puede sucederle a aquella realidad una vez que se pone en marcha es pasar del sein al werden. Y yo creo que es posible que en España la investigación científica florezca menos que en el norte de Europa o en EE.UU. porque en nuestro idioma no hay un werden o un devenir. Habrá que pedir a los señores de la Academia Española que inventen un verbo.

En otras obras no médicas le pasaba a Marañón lo mismo. Así en Enrique IV de Castilla, sin tener la capacidad historiográfica ni la erudición de los historiadores profesionales, hizo una contribución histórica que Luis Suárez, gran especialista en los Trastámara, califica de decisiva. Ahora, la Fundación Marañón va a publicar un libro revisando la Obra Médica de Marañón. No son unas obras completas, sino una puesta al día de la obra médica de don Gregorio hecha por un grupo de sus discípulos y comparando sus enseñanzas con los conocimientos de hoy. Y estamos observando cuántas verdades científicas y clínica había visto ya él, antes de que se hubieran descubierto. Han tenido que pasar cincuenta años para que nosotros, sus discípulos, podamos darnos cuenta de que eran afirmaciones proféticas y ciertas.

Y no puedo menos que pensar que algo parecido tenía que haber en las mentes de Galileo y de Newton, cuando observando las oscilaciones de las lámparas de la Catedral de Pisa el uno, y la caída de una manzana el otro, llegaron a descubrir respectivamente el movimiento de la Tierra y la ley de la gravedad. No cabe duda de que mientras la mayoría de los humanos vemos la realidad como algo estático, otros, unos pocos, son capaces de penetrar en su devenir, en su «prospecto».