El maquillaje ajado

Bajo sus coloretes prematuramente desgastados, al Gobierno bonito le asoma un semblante desencajado y autoritario

Ignacio Camacho
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Cambiar la Constitución para escapar de los fantasmas de su propio pasado. Alterar la arquitectura esencial del Estado para tapar el escándalo de una sospecha -por cierto bien fundada- de plagio. No se puede concebir mayor ejercicio de irresponsabilidad en un liderazgo que el de este presidente provisional empeñado en prolongar a toda costa su inestable mandato. Sin mayoría, sin consenso, sin calendario; sin haber sondeado siquiera a sus socios en busca de un mínimo respaldo. Un simple juego de prestidigitación improvisado, como todo en este Gobierno, para salir del paso, para alejar de sus problemas el foco mediático. Pero esta vez el conejo ha salido de la chistera cojeando porque más allá del truco no había nada pensado. Ni un proyecto, ni un borrador, ni un patrón, ni un cálculo. Nada. Sólo el atropellado intento de modificar el eje del relato, de retomar la iniciativa cuestionada por el antipático debate sobre su doctorado. En vano porque, por segunda semana consecutiva, la polémica de la dichosa tesis ha continuado plantada en el centro del escenario y la vaga propuesta de reforma constitucional, que ni el Consejo de Ministros ha sabido plasmar en un documento reglado, ha caído relegada en un segundo o tercer plano.

Éste es el riego de la política inconsistente, falta de fondo, de ideas, de sustancia y de fundamentos. La consecuencia de carecer de un diseño estratégico. El resultado de camuflar la ausencia de modelo por un trajín maniobrero de ocurrencias sin orden ni concierto, por un compulsivo azacaneo de golpes de efecto. A Sánchez se le ha ido de las manos el guión de su propio planteamiento y ya no le funcionan los señuelos propagandísticos que le prepara su equipo de consejeros. Cada vez queda más de manifiesto que su único pensamiento ya no es el de utilizar como escaparate electoral la acción de gobierno sino el de permanecer atornillado en el poder a cualquier precio. Por encima de la lógica, de la congruencia y hasta de las reglas del juego, que trata de cambiar por las bravas desdeñando el sistema de controles y contrapesos. Sus decisiones de estos días demuestran que está dispuesto a cualquier cosa con tal de comprar tiempo, desde forzar el procedimiento parlamentario para esquivar un veto hasta manosear la Carta Magna para huir de un atolladero.

En el comportamiento del presidente se ha producido un salto. Hasta ahora se movía a base de gestos superficiales de mayor o menor impacto, guiños publicitarios como el de aumentar el gasto, acoger inmigrantes o desenterrar a Franco. Pero el asunto del calco doctoral y el fracaso de sus ardides averiados han desestabilizado su arrogancia de mago y le han sacado rasgos peligrosamente autoritarios. Hemos cambiado de marco; al Gabinete bonito se le ha deteriorado el maquillaje demasiado rápido y bajo los churretes asoma un rostro torvo, amenazante y desencajado.

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