¿Maquiavelo?

IGNACIO CAMACHO
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PARA ser «el Maquiavelo de León», como ha titulado José García Abad su interesante retrato psicopolítico del presidente y de su círculo de poder, a Zapatero le falta profundidad intelectual y perspicacia política. Las sustituye por intuición propagandística y pragmatismo maniobrero, como bien explica el citado libro de moda -demoledor en sus resultados aunque no sé si en sus intenciones-, pero el presunto maquiavelismo presidencial es más bien fruto de una indiscutible sagacidad para la treta y la intriga que de un proyecto estratégico. El propio García Abad perfila a ZP como un gobernante desordenado, improvisador, superficial y atento sólo -a veces con escalofriante frivolidad- a los detalles más triviales del marketing político; ninguno de estos aspectos figura entre las cualidades con las que el pensador florentino adornaba el liderazgo ideal de su príncipe, dibujado con una hondura conceptual y una longitud de mirada de la que carece nuestro primer ministro.

Otra cosa es que Zapatero sea en realidad un personaje mucho más retorcido de lo que aparenta, y que por el camino banal de la finta, el amago y la liquidez ideológica haya logrado objetivos de implacable contundencia. Ha eliminado a cualquier posible rival generacional aparentando liquidar a la vieja guardia socialista, y bajo el esquema formal del talante ha introducido en la escena pública española factores muy sectarios de confrontación y radicalismo. Pero carece de un proyecto estable y de unos principios sólidos; su estilo es de una fluidez casi gaseosa por falta de arraigo intelectual, si bien ese carácter atrevido y cínico lo vuelve, como sugiere Abad, peligroso, oblicuo y esquinado. Maquiavélico en el sentido más peyorativo del término.

Es probable que al propio presidente no le disguste la comparación con Maquiavelo, aunque venga envuelta en un retrato letal de su escurridiza personalidad y de sus dispersos métodos. El autor, veterano periodista de indubitable credo socialdemócrata, ha impuesto sobre su faceta ideológica un impecable profesionalismo, y desde su cercanía al felipismo y a sus fuentes ha trazado con una prosa desnuda y seca un bosquejo de notable objetividad psicológica, cuyas conclusiones quedan abiertas a la interpretación subjetiva de los lectores. El retrato final se parece a los que Goya hacía de la familia borbónica: fidelísimo de rasgos y bastante cruel de conclusiones.

Lo que en todo caso sugiere un texto así, lo pretenda o no quien lo ha escrito, es una reflexión sobre los filtros de selección que rigen en la actual política española, abiertos a que cualquier tipo sin más equipaje que la osadía y un par de golpes de fortuna acceda al núcleo duro del poder y pueda controlarlo a su antojo. En ese sentido, Maquiavelo se lamentaría; como modelo Zapatero apunta más al caótico y ambicioso César Borgia que al ponderado y lúcido Lorenzo de Médici.