Una raya en el agua

Manuel, de Málaga

Era el maestro del artículo corto y de la charla larga, de la sorpresa biselada en el relámpago de una metáfora

«Cuando termine la muerte, / si dicen «a levantarse» / a mí que no me despierten» (Manuel Alcántara)

Ignacio Camacho
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Tenía las sienes plateadas, un bigote amarillo del tabaco, manos finas y mirada clara; nariz de boxeador y cierto aire de coquetería envuelta en una pudorosa elegancia. En su menuda y delgada osamenta, en su perfil senatorial de estatua clásica, transportaba un sentido insobornable de la dignidad, una amistad hospitalaria, un discreto pesimismo antropológico matizado por el sutil perfume de la esperanza; y aún le cabía en ese equipaje moral un talento descomunal para el artículo corto, el verso profundo y la charla larga. Era el maestro de la paradoja penetrante y de la frase biselada, de la ironía piadosa y de la cita rápida, de la sorpresa conceptual brillando en el breve relámpago de una metáfora. Era el príncipe

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