David Gistau

Manos

Trump saluda con la evidente intención de establecer una jerarquía masculina

David Gistau
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La gente del boxeo se saluda chocando levemente los nudillos. Es una costumbre adquirida por el saludo en el ring, con los guantes puestos que hacen imposible estrechar las manos. Ese toquecito al principio y al final de cada asalto del que dependen la cortesía y la contención de los furores: la acotación de una lucha que no ha de desbordar la campana. Yo he visto manos que salían con pretensión de upper noqueador y, al sonarles la campana en el aire, terminaban su trazado convertidas en amistoso saludo. Otras veces, hay que admitirlo, la mano hace como que no escuchó y pega fuera de tiempo.

Me contaron una vez que estrecharse la mano, como el hecho de brindar para mezclar líquidos contra el envenenamiento o el saludo militar que proviene del hábito de identificarse subiendo la celada del yelmo, es una reminiscencia medieval: los antagonistas conversaban sujetándose mutuamente la mano de desenvainar para garantizarse la seguridad. Esa debió de ser una época extraordinaria para los espadachines zurdos. Lo malo es que de semejante protocolo, antaño masculino, derivó otra costumbre deliciosamente contada en mi película favorita, «El hombre tranquilo». Concretamente, en la escena de la taberna en la que Will Danaher quiere probar la consistencia de Sean Thornton, el forastero recién llegado al pueblo, con un apretón de manos tremebundo que además sirve de prólogo para el enfrentamiento entre ambos que vertebrará la película entera. Thornton soporta el apretón, pero después, antes de seguir saludando, pide unos instantes para que la sangre vuelva a circular.

Una de las incorporaciones de Trump a la política internacional es lo que Garci, refiriéndose a según qué actor, llamaría «la fisicidad». No ya por ese empujón con el que se abrió espacio en la foto como en una zona de baloncesto para pillar el rebote -y luego se tiró de la chaqueta como el clown cuando le sale un chorro de agua de la flor en el ojal: la verdad es que fue entero un momento sublime-. La fisicidad de Trump proviene sobre todo del hecho de haber devuelto al apretón de manos el sentido que tuvo en la taberna de Innisfree y que fue perdiéndose, degradado el apretón por saludos cada vez más tersos y escurridos que eran como tratar de sacar una trucha del agua con una sola mano. Trump saluda con la evidente intención de establecer una jerarquía masculina que influya en la relación toda que empieza en ese instante. Y, más allá de que algún día desarticulará por error el brazo de algún primer ministro y tendrá que metérselo en el bolso a Melania para que nadie se dé cuenta,remata su saludo a lo Innisfree con unas palmadas que parecen amistosas pero en realidad son collejas que ni las de Benny Hill. Esto va a cambiar por completo la diplomacia. De momento Macron y Trudeau, jóvenes y propietarios de otra forma de fisicidad pensada para gustar a las mujeres, le han aceptado el reto. Seguirán saludando en cuanto vuelva a circular la sangre.

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