Maniobras de distracción

M. MARTÍN FERRAND
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ANTES de que, sin las debidas exequias, en España se enterrara el hermosísimo género teatral de la revista musical, Lina Morgan, la última gran vedette, solía arrancar sus divertidos espectáculos con una pegadiza cancioncilla. El estribillo decía con sincopada alegría: «Gracias por venir». José Luis Rodríguez Zapatero se fue a Washington para que George W. Bush, al iniciar el mutis de sus ocho desastrosos años de poder, le dijese: «Gracias por venir». Hace unas pocas temporadas, en el madrileño Teatro de La Latina, se lo hubieran dicho con música y por el módico precio de una butaca de patio. Sin tener que renunciar a una pose antinorteamericana y radical que, si bien se mira, es la nota más descollante y nítida de su pensamiento (?) político.

Dice María Teresa Fernández de la Vega, gran especialista en dar puntadas sin hilo y con la aguja prestada, que la presencia de Zapatero en Washington «saca a España del rincón de la Historia». ¡Qué cosas nos obliga a escuchar nuestra condición ciudadana! La osadía expositiva de la vicepresidenta que riñe es, incluso, superior a la de José Blanco y ninguno de los dos repara en que no hay nada más ofensivo y tremendo que un elogio inmerecido, sin fundamento. Especialmente si es interesado y va dirigido al jefe, a quien te nombró y puede destituirte. En el escenario de la Historia no hay rincones; sino momentos, circunstancias y casualidades.

Quizás ocurra que el Gobierno aproveche estos momentos de ruido internacional, de concentración de la atención general -como una cumbre que trata de ponerle medias suelas a los excesos de un capitalismo aprovechón de la escasez vigilante del poder político-, para colocarnos de matute mercancías averiadas. Mientras las miradas convergen en Washington, el Consejo de Ministros acaba de aprobar el anteproyecto de un nuevo Código Penal. Otro más. El felipismo, en lamentable ejercicio de confección a la medida, alumbró el pomposamente llamado «Código Penal de la Democracia» que, solo hace cinco años, ya fue retocado, con los complejos que la derecha española suele aplicar a su acción política, por el aznarismo. De nuevo, atropelladamente, con más empuje político que sabiduría legal, se vuelven a modificar los preceptos y las penas correspondientes a su incumplimiento para, dicen, adaptarse a la demanda social. ¿No habría que darle una oportunidad a la estricta aplicación del Código vigente? Un directivo corrupto o un violador empedernido pueden ser severamente castigados a partir de la letra existente.

El gran método de la propaganda de Zapatero reside en la hábil administración de lo que los tácticos denominan como maniobras de distracción. El viejo truco de los prestidigitadores. Con una mano se agita un pañuelito y con la otra se escamotea el conejo en la chistera.