Un manantial que no cesa

Por M. MARTÍN FERRAND
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Miguel Ángel Cortés —más fino que sólido, más simpático que agradable y más ambicioso que constante— es uno de esos manantiales que no cesan en la vida pública española. Se le vio venir cuando alcanzó notoriedad, al hilo del «escándalo Naseiro», con Salvador Palop —olvidado— y Arturo Moreno —escondido— y no pasa jornada sin que merezca la atención de los cronistas. Isabel Gallego contaba ayer en estas páginas «la última» del personaje. Resulta que tan infatigable joven, secretario de Estado para la Cooperación —¡como si Josep Piqué necesitara ayudas!— ha puesto en armas a la Coordinadora de ONG para el Desarrollo. Una pirueta más de lo que parece una desesperada campaña del PP para fabricarse unos cuantos enemigos cada día.

La tal Coordinadora agrupa, y quizás vertebra, un centenar de ONG. Como tal, debe estar representada en el Consejo de Cooperación, un órgano creado en 1995 y consultivo del Gobierno. Un Decreto fabricado en los muy muñidores telares de Cortés, laborioso maniobrero, ha cambiado su régimen de funcionamiento de modo y manera que sea el Gobierno quien pueda designar a doce de los veintiún vocales de tal Consejo. Eso, como es lógico, ha disgustado a las ONG, que ponen el grito en el cielo. No quieren perder representación y, menos todavía, dejar de elegir a sus representantes.

El asunto, que es una chapuza si se contempla desde la exigencia democrática, no tiene mayor interés, pero merece un instante de atención, y reflexión, porque resulta sintomático de los criterios de selección de personal que animan al Gobierno. El tal Cortés, que sobrevivió a dos ministros en sus días de Educación, Cultura y Deportes, es uno de esos personajes chocantes cuyo protagonismo no puede imaginarse lejos de la vida de un partido político, el que fuere. No se le conocen éxitos, pero sí acatamientos. Es de los que, a más de estar a las órdenes del jefe —cosa virtuosa—, están también a sus opiniones e, incluso, se sienten obligados a intuirlas y anticiparse a ellas.

Vive Cortés su intensa y triunfal vida política en la estela de Aznar, a quien le ha escrito muchos de sus discursos, y, como miembro fundador del «clan de Valladolid» —pieza determinante de la realidad virtual del PP—, está siempre en la cresta de la ola. Quizás porque es un auténtico maestro de lo políticamente correcto: un ejemplo palpable del centro verdadero. Allá por donde pisa, siembra el conflicto; pero no importa, esa es su gracia y, posiblemente, su misión. Tuvo que ver con los líos del Teatro Real, con la polémica ampliación del Prado, con la instalación prevalente de la izquierda intelectual y artística... y tiene que ver con las disputas vigentes de la presencia española en Guadalajara y otros puntos del exterior. Ahora arma la tremolina en un Consejo de Cooperación que, seguramente, no nos hace ninguna falta; pero que tampoco se merece, desde el respeto, mayores desacatos.

Hace algo más de un año escribí sobre él y le definí como un trincapiñones de Valladolid. Hoy debo rectificar y lo hago con gusto. Es trincapiñones, pero su ámbito es más amplio: un trincapiñones cósmico.