El maldito diferencial

FERNANDO FERNÁNDEZ
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EL diferencial de la deuda española con la alemana no deja de subir y de superar nuevos máximos que algunos califican de histéricos. Insensible al ajuste fiscal, al recorte de gastos y a la reforma laboral. Empieza a generalizarse la idea de que es demasiado tarde, de que este gobierno ya no puede hacer nada para evitar el descalabro. Ayer mismo tuve la oportunidad de comprobarlo en varios actos públicos plagados de gente del mundo de la economía y las finanzas. Es una percepción muy peligrosa porque puede mover a la insensatez al Gobierno, no hace falta mucho esfuerzo, pero también a la oposición.

Empecemos explicando lo obvio. El diferencial sube porque cada vez hay menos gente dispuesta a prestarle dinero a España, y a sus empresas porque éstas se ven contaminadas del riesgo país, y los pocos que hay exigen un mayor precio para cubrir el riesgo de impago. No me consuela nada que el diferencial crezca porque baje el interés del bono alemán, como repiten los más afines al Gobierno. En un típico proceso de fuga hacia la calidad, los inversores hacen cola para prestarle a Alemania, el único país europeo del que no tienen dudas van a cobrar. La consecuencia es que no queda dinero para nosotros. Y debemos mucho, en un cálculo aproximado las necesidades brutas de fondos, deuda nueva y recolocaciones, son este año de un 28 por ciento del PIB (280,000 millones de euros) y julio es un mes crucial.

Los inversores no se fían del Gobierno de España, como tampoco se fían los españoles. Es difícil culparles cuando la gestión de la crisis es más propia del camarote de los hermanos Marx. Es una genialidad abrir un debate populista y justiciero sobre los impuestos a las rentas del ahorro para precipitar la salida de capitales. Esas cosas se hacen en un fin de semana y sin avisar. O mejor no se hacen unilateralmente en un área monetaria única. Pero el objetivo era mejorar la imagen de Zapatero no el riesgo país, que es una cosa de derechas y de especuladores. El premio se lo lleva la gestión de la reforma laboral. Algún gurú de la comunicación decidió ponerle fecha sonora, debía ser la quinta fecha comprometida públicamente en esta legislatura pero esta vez iba en serio porque era: palabra de presidente. Llegó el día señalado y nuestro líder consideró que tenía cosas más importantes que hacer, como ensayar poesía con el Principito y Juan Salvador Gaviota para estrenarse de ministro de deportes. Y nuestros acreedores, que son unos malvados sin sensibilidad poética alguna y sin más luces que las de la calculadora, han dicho basta. Y se han ido cantando con Serrat: harto ya de estar harto, ya me cansé. Qué más da, qué más da, aquí o allá.

Nadie nos quiere ya y no hay más solución que cambiar de pareja, o sea de Gobierno porque de acreedores es un poco más complicado. Pero decía que me preocupan los efectos de esta constatación. Porque si el presidente llega a la conclusión de que ya está todo perdido, que los mercados han dictado sentencia y que el problema es él, puede optar por la salida Kirchner, nunca descartable en un hombre cuya confianza en la economía de mercado es perfectamente descriptible. Puede reestructurar la deuda antes que renunciar, piensen en su gran aliado, el primer ministro turco, y en su respuesta al retraso de su candidatura europea, echarse en brazos de Irán. Me preocupa también el creciente triunfalismo de la oposición. Porque queda mucho partido y si continúa el ritmo de deterioro, no va a haber copa que levantar. Si hubo alguna vez motivo para una gran coalición a la alemana es ahora, claro que con otro presidente. Y el PP debería reclamar para sí la vicepresidencia económica y el ministerio de Hacienda. Hacen falta amplias mayorías sociales y políticas para devolver la ilusión a los españoles y recuperar el crédito de nuestros acreedores.