Magnificat

Vivir bajo la amenaza de los poderoos es inevitable. Odiarlos, salutífero

Gabriel Albiac
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SUENA en mi biblioteca, cuando escribo, Cristóbal de Morales. Antes lo hicieron Diego Ortiz, Francisco Guerrero, Tomás Luis de Victoria. Idéntico, el pasaje de San Lucas que ilustran los cuatro más grandes compositores españoles de ese que fue el siglo español en música, el XVI: …deposuit potentes de sede et exaltavit humiles… En la unción grave de sus reiterados Magnificat, tal vez no sospechan ellos hasta qué punto lo que estaban alzando será el pilar de la esperanza de los modernos: la convicción –que es sin duda ilusoria, pero tan consoladora– de que un ineluctable milagro «derribará un día a los poderosos de su trono y exaltará a los humildes». Porque, a partir de una oración mariana, los Magnificat de Morales, de Ortiz, de Guerrero, de Victoria acaban por alzar el supremo monumento lírico a una esperanza que no acepta –que no puede aceptar– estar sólo tejida de ilusiones: la esperanza de que un día llegue el vuelco de esta humillación presente a la cual los hombres llaman vida.

La esperanza es una mala consejera. Aquellos que –es mi caso– hayan dejado vagar su vida por las umbrías bibliotecas del siglo XVII saben que la esperanza no es otra cosa que el nombre soportable –y, por ello, más tristemente eficaz– del miedo. Que miedo y esperanza son las máscaras por medio de las cuales se logra forzar a un hombre a poner en manos de otro su presente: en beneficio de la supresión de un mal que le amenazaría en el futuro, en beneficio de la obtención de un bien que en el futuro le estaría aguardando. Idéntica es la renuncia, igual la servidumbre que la renuncia garantiza. No hay futuro ni pasado en la vida de un hombre. Presente sólo. Y perder el presente es, así, perderlo todo.

Mas no es fácil arrancarse a la lírica seducción de ese deposuit potentes, de ese derrocar a los poderosos, que profetiza la gran teología. Tan no es fácil, que nada transitó con mayor pureza, de los discursos de salvación trascendente a los de inmanente emancipación política, que esa promesa de un paraíso en el cual los hombres vivirán como hermanos. Sin atender demasiado a lo que todos saben: cuan mortíferos pueden llegar a ser los odios fraternos. No ha habido una utopía en los cuatro últimos siglos que no compareciera ante sus creyentes bajo virtuosas variaciones en torno al tema central del Magnificat. Sus efectos fueron, hasta hoy, monocordes: el alumbramiento de lo peor. No siempre confesado. Invariablemente cumplido.

Antes me verán someterme a las peores torturas que ceder un átomo a la tentación de jugar a hacer como que en las promesas de la política hay alguna verdad que no sea la de consolidar la servidumbre. No la hay. Aunque –y eso es, claro está, lo más duro– no haya tampoco manera mortal de ponerse a salvo de tal fantasía. En las sociedades humanas, política y mando no son opcionales. Como no lo son enfermedad y muerte. De ahí a fingirles un rostro admirable, media, eso sí, un abismo. Vivir bajo la amenaza de los poderosos es inevitable. Odiarlos, salutífero. Soñar con que ellos mismos nos salvarán de su despotismo, es sólo ingenuidad, estupidez en el límite.

Pero es bello escuchar a Cristóbal de Morales, a Ortiz, a Victoria, a Guerrero, invocar un espacio sagrado para los hombres libres: deposuit... No existe en este mundo. Pero, en su música, se le finge la más grandiosa escena. Y, en el paréntesis de una habitación cerrada, que sólo pueblan ya música y libros, esa ficción reviste antifaz de consuelo. Mentiroso. Como todo. Y necesario.

Gabriel AlbiacGabriel AlbiacArticulista de OpiniónGabriel Albiac