Maduro en su crepúsculo

No existe freno moral. Un déspota caribeño es un animal sagrado. Y sacrifica

Gabriel Albiac
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No hay muchas ocasiones de asistir a algo tan saludable: un tirano naufraga en su crepúsculo, Maduro se consume en Venezuela. Conviene, sin embargo, medir nuestro entusiasmo. Un asesino acorralado es una bestia peligrosa. No existe freno moral para quien se asentó sobre escombreras de odio, de muerte y miseria. Un déspota caribeño es un animal sagrado. Y sacrifica.

Maduro llegó al poder como heredero de un espadón, Hugo Chávez, atrabiliario personaje que hablaba con los muertos y recibía del más allá la asesoría de los padres de la patria. Profeta alucinado, Chávez legislaba al dictado de aquello que, desde el otro mundo, Simón Bolívar le iba susurrando. Y, en abracadabrante metáfora freudiana, enarbolaba el reluciente sable del Padre mítico

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