Maduro cambia los plomos

Jesús Lillo
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Lo suele contar Antonio Burgos y, además de arte, tiene toda la pinta de ser mentira. Metido a mecánico y a bordo de un barco que se quedó sin electricidad a mitad de la travesía, el Melu cogió unos alicates, hizo como que sabía de cables y, con el diagnóstico resuelto, acudió al puente de mando para informar al capitán de que la avería no era interna, sino de la compañía de la luz. Era de fuera. Sin la gracia embustera de Cádiz, Nicolás Maduro es el Melu sin alicates. En Venezuela se quedan a oscuras y le echan la culpa a los sabotajes y las conspiraciones del imperialismo norteamericano, como el que antes de comprobar si han saltado los plomos se dirige al balcón y corre un visillo para asegurarse de que el corte de electricidad afecta a toda la calle. La obsolescencia de las infraestructuras, las corruptelas y la falta de mantenimiento están detrás de los cortes de suministro que, como el racionamiento eléctrico que tiene a dos velas a millones de personas, sufre Venezuela. Todo es de fuera.

El apagón de ayer en Caracas, que dejó sin luz al 80 por ciento de su área metropolitana, tuvo su prólogo, horas antes, en la retransmisión televisiva de la reelección de Nicolás Maduro como líder del chavismo y presidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, que es lo mismo. La corriente se fue justo cuando lo votaban por aclamación. Lo daban por la tele y cuando la luz se hizo –después de tres minutos en la sombra, retransmitida en directo– Maduro seguía allí, entre aplausos y brazos en alto. No puede haber mejor metáfora de la oscuridad política.

En un ejercicio de autocrítica pervertida, con más ingredientes de sesión de coaching para militantes y compromisarios que de penitencia ideológica, Maduro parece asumir ahora su parte alícuota de responsabilidad en la tragedia venezolana. Cuando dice que «los modelos productivos que hasta ahora hemos ensayado han fracasado, y la responsabilidad es nuestra, es mía», el caudillo chavista no reconoce el fracaso del modelo marxista que inspira su catastrófica gestión, sino que, de mal en peor, pregona las virtudes y novedades del crecepelo reformista que tiene de oferta y que va a aplicar a oscuras sobre la piel herida de su país. Maduro no va a cambiar porque no se arrepiente de nada. Con su aparente humildad solo busca compasión y comprensión para arruinar un poco más, ahora con alicates, a una nación que se apaga.

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