Luna Tucumana

Por ALFONSO USSÍA
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Irse de un lugar es una acción sencilla. Giovanni Guareschi no le concedía importancia alguna: «El señor Bórgomi debía ir a Turín. Por eso le dijo a su esposa que iba a Bolonia, y se marchó». Así de fácil. Lo más que se jugaba el fresco de Bórgomi era un rapapolvos de su esposa en el caso de ser descubierto. Peor lo tiene Duhalde con su viaje a Tucumán, cuando su sitio, ahora más que nunca, es Buenos Aires. Claro que el viaje a Tucumán del breve y desahogado peronista lo ha hecho acompañado de la «Chiche», su esposa. Y no va a tener fácil el retorno. Hay que tenerla de hormigón armado para anunciar que no hay dinero suficiente para pagar los sueldos íntegros de los funcionarios, y a renglón seguido firmar un decreto «de necesidad y urgencia» por el cual se sube a sí mismo un quince por ciento su salario. Hace un mes, en un arranque patriótico, recomendó a los ministros y gobernadores que trabajaran gratis para sacar a Argentina de la crisis. Lindo detalle, como dicen por allá. La justificación es penosa. Ha dicho que se ha subido el sueldo para arrastrar hacia arriba los salarios más bajos. Y, claro, se ha largado a Tucumán, que se me antoja demasiado cerca, porque toda la Argentina, no sólo Buenos Aires, es ya un clamoroso cacerolazo, desde Jujuy, Salta y Misiones hasta la Tierra del Fuego, pasando por el Chaco, La Rioja, Tucumán, Santiago, la inmensa llanura pampeana y el glaciar Perito Moreno.

Tucumán es paisaje de zamba y chacarera. Atahualpa Yupanqui, don Ata, cantó a Tucumán con su alma. Así en «El fin de la Zafra»: «Por caminos tucumanos / vino, vidala y silencio, / se van los hombres del surco / tan pobres como vinieron». No encaja Duhalde en la estrofa de Yupanqui. «Adiós, tierra tucumana, / caminos que llevan lejos / me han de separar mañana / de tus campos y tus cerros». Aquí es más probable que la cosa se cumpla. Siempre Tucumán en la primera piel del poeta. En su «Zamba del grillo», «a mis cerros tucumanos / he vuelto en un triste invierno, / tan sólo el monte y el río, / envuelto en mis penas / pasar me vieron». Y en su «Zambita de los Caminos»: «Zamba te pido, guitarra, / zambita donosa de mi Tucumán, / para los criollos del cerro, / del monte, y el llano, y el cañaveral». Sorprende que para Atahualpa, Tucumán es ante todo, camino, paisaje que anda, nunca destino final. En ocasiones, los poetas no se equivocan, y bien haría Duhalde en releer -si es que la ha leído previamente- la poesía del pueblo y del campo argentino. En su canción, «Viene Clareando», con preciosa música de Segundo Aredes, Atahualpa insiste en el movimiento continuo de Tucumán: «¡Viditay! ya me voy / por los pagos del Tucumán, / en el Aconquija viene clareando, / vidita, ¡nunca t´hei de olvidar!». La gran obsesión de Yupanqui, el símbolo de la libertad tucumana, es su luna. La luna tucumana todo lo vigila. «Mientras la luna, la antigua luna, / luz de las noches del Tucumán / iluminaba con sus destellos, / tus viejos patios, Villa Luján. La zamba por excelencia, que han cantado todos, de los insuperables «Chalchaleros» al prodigioso Cafrune, de Horacio Guaraní a «Los Fronterizos», himno del folclore del norte argentino, es «Luna Tucumana». «¡Ay, lunita tucumana / tamborcito calchaquí! / compañera de los gauchos / por las sendas del tafí». Siempre camino, siempre senda, siempre luz del venir y del marcharse. Cúmplase la poesía. Que Tucumán propine una contundente patada a los traseros de quienes lo humillan, y que la lunita tucumana, el tamborcito calchaquí, alumbre el vuelo del «Tachuela» y de la «Chiche» mientras vuelve a cantar la Argentina toda.