Lula y Kirchner en España

Por CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN. Catedrático de la Universidad Complutense
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LOS jefes de Estado de Brasil y Argentina visitan nuestro país. Corresponde darles una cordial bienvenida en tanto que representantes democráticos de naciones hermanas iberoamericanas. Y cabe en su caso la misma aspiración que con cualquier otro gobernante: ojalá que su gestión sea mejor que lo que sus antecedentes permiten predecir.

Ambos vienen desde Londres, y es fácil criticarlos por las espumosas vaguedades allí vertidas por una izquierda desconcertada que pretende acometer una cuarta vía cuando aún no se ha tomado la molestia de explicarnos la tercera ni, en verdad, de explicarnos por qué debemos creer que representa el progreso. Pero esos señuelos, en primer lugar, no son monopolio de los señores Luis Inacio da Silva y Néstor Kirchner, sino de la izquierda; en segundo lugar, y más importante, están asociados a la versión más moderada de esa izquierda, vastamente mejor que quienes desbarran desde la antiglobalización ignara y el antiamericanismo falaz. Y es precisamente la moderación la clave de dichos mandatarios, aunque todavía una incógnita.

Empecemos por los señuelos. Es verdad que los dirigentes en Brasilia y Buenos Aires repiten tópicos intervencionistas; no ven que la riqueza se crea, y cuando ven pobreza se les ocurre prohibir, regular, recaudar. Ahora bien, no creamos que estos errores son suyos en exclusividad, porque tal es el pensamiento único de nuestro tiempo.

Así, cuando Lula rastrea soluciones, descubre burocracias. Acaba de pedir una institución multilateral, financiada con dinero de los países ricos, para pagar infraestructuras en los países pobres. Curiosa iniciativa. Ante todo, debe don Luis Inacio ser consciente de que recomienda que suban los impuestos sobre los trabajadores de los países ricos -¿o de dónde cree que sacan el dinero las autoridades de dichos países?-. También sería bonito que comprendiera que el desarrollo se basa en la justicia y la libertad, no en donaciones (menos aún forzadas). Y, además, esa institución ya existe: es el Banco Mundial; vista su utilidad, es arduo concebir la necesidad de su reproducción.

Reclamar más impuestos es lo que los políticos hacen cuando insisten en la urgencia de aumentar el gasto público. Lamentable, pero frecuente. En cambio, mucho menos frecuente ha sido un gesto abiertamente liberal de Lula: su petición de apertura comercial de los países ricos a las exportaciones de los pobres, una antigua prédica que los liberales lanzamos durante mucho tiempo en incomprendida soledad. Hoy encuentra por suerte más eco, aunque, dada la muchas veces frustrante relación Europa/A-mérica Latina, no descorchemos aún el champán. También son plausibles varias de sus reformas institucionales, y su política económica estable y ortodoxa, de momento, que les han granjeado al presidente y a su ministro Palocci los elogios de empresarios y banqueros españoles.

¿Nos pinta todo esto a un Lula comparable con cualquiera de los demás políticos «normales» que también desconfían del mercado libre? Quizá. Aunque los totalitarios del MST -una suerte de okupas salvajes del campo- recelan ahora del que fue su héroe, un vistazo a la política exterior de Brasil invita a la cautela, dado el apoyo de Lula a la dictadura castrista y al régimen de Chávez.

El caso de Kirchner es también incierto. No alimenta el optimismo, desde luego, que en su toma de posesión Fidel Castro haya sido ovacionado ¡en el Parlamento y en la Facultad de Derecho! Ni que en un país destruido se le ocurra al presidente priorizar un asunto como el descabezamiento de la cúpula militar. A poco de andar, ya había el flamante mandatario confraternizado con los «piqueteros» -también okupas salvajes, pero de calles y carreteras, todo montado por políticos y sindicalistas con dinero público- y con la señora de Bonafini, la amiga de ETA, progresista dama antiglobalizadora que se declaró «muy feliz» el 11 de septiembre de 2001.

Su discurso económico es errado: todo lo quiere resolver con más gasto público. Piensa Kirchner ayudar a su pueblo limitando la libertad de los mercados, en lugar de brindar seguridad a una nación estafada por sus gobernantes, cuyo intervencionismo irresponsable provocó los problemas actuales, y dejó herencias para el futuro, como la quiebra de los fondos de pensiones privados, a los que una curiosa política «liberal» obligó a comprar deuda pública. En la Argentina no hay seguridad, ni física ni jurídica -esto afecta también a cuantiosas inversiones españolas- y las proclamas redistribucionistas exigirán más impuestos. Kirchner podrá sortear el corto plazo con la colaboración de un siempre denostado FMI, burocracia cuestionable que ante el ataque recibido está dispuesto a ayudar sin requisitos, y casi pidió perdón por no haber ayudado antes. No parece atinar el Gobierno con soluciones económicas para los males que sólo los políticos han provocado, y tampoco institucionales: ahora está enfrascado con la Suprema Corte de Justicia.

Esto dicho, sin embargo, también hay buenas señales, intuición de algunas dificultades, cierto reconocimiento de ortodoxias económicas que no cabe ignorar sin sonrojo, y una situación que ha mejorado, algo que resultaba fácil, tras la catástrofe precedente.

En este contexto, la moderación de Lula y Kirchner se me antoja crucial. Es, por supuesto, pronto para juzgarlos cabalmente, y es posible que sus guiños a la extrema izquierda no sean más que eso, pero si son moderados en el futuro al menos no cometerán muchos errores. Considerando cómo son los políticos, eso no estaría mal del todo.

Algunos insensatos llaman ahora a Lula «liberal» -acaso sean los mismos que así regocijados denominaron a Menem-. No es eso. Lo que buscan los líderes brasileño y argentino se parece más a lo que hizo Felipe González, otro político en su día también mal llamado liberal. Quieren crecimiento económico y legitimidad política para subir los impuestos: a eso llaman, ellos y muchos más, «democracia» y «justicia». Para lograrlo deberán eludir la revolución socialista, con lo que perderán el apoyo de los radicales, sus antiguos amigos, pero aplicar el intervencionismo templado que propicia la izquierda con aspiraciones de Gobierno, y que enlaza con la corrección política que saluda la mayor presión fiscal si es para «luchar contra la pobreza y las desigualdades», que entra en trance con consignas como «gobernar la globalización», y que cree vislumbrar la piedra filosofal combinando Davos y Porto Alegre.

Que haya suerte y moderación en esa Tercera Vía que Lula y Kirchner buscan, en realidad, consigo mismos.