López

IGNACIO CAMACHO
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HAY un negro en la Casa Blanca y un López en Ajuriaenea: la democracia a veces se mueve despacio, pero no se para nunca. En el País Vasco la Transición ha tardado treinta años en cerrarse, y todavía no existe completa libertad, ni la habrá hasta que los no nacionalistas puedan salir sin escolta a bajar la basura o comprar el periódico. Pero ayer se ha acabado la discriminación efectiva que había convertido el poder político en una reserva de exclusión donde la mitad de los ciudadanos tenían prohibida la entrada. La falta de normalidad queda testimoniada aún por dos detalles nada insignificantes: la dificultad del nuevo presidente para encontrar a ciudadanos relevantes dispuestos a afrontar el riesgo de entrar en su Gobierno y la fatal, forzosa ausencia de tanta gente asesinada por haber simplemente soñado con un momento como éste.

Incluso es perceptible una cierta autolimitación moral de los propios protagonistas del vuelco histórico, una cautela que acota su legítimo orgullo de hacerse cargo de la victoria que han merecido, una voluntad como de pasar inadvertidos para no levantar sospechas. Ésa es aún la herencia de la coacción y del chantaje: una atmósfera de intimidación que intenta levantar un sentimiento de culpa, un remordimiento usurpador sobre lo que no es más que un simple, natural relevo democrático. Es sólo el principio: ahora vendrá una pesada estrategia de presión soterrada, una venenosa zapa obstructiva, una corrosiva y persistente resistencia destinada a forzar un pacto que mantenga el statu quo de la hegemonía social del nacionalismo.

Ése es el verdadero desafío de Patxi López, el hijo del sindicalista de la Naval que organizaba huelgas cuando muchos nacionalistas trataban de acomodarse a la dictadura. Gobernar sin pedir perdón, sin acomplejarse por no pertenecer a una casta que se autoconsidera investida de la esencia de la tribu. Ser el presidente de todos los vascos sin sentirse en deuda con ninguno. Evitar la tentación de competir en nacionalismo con los nacionalistas para borrar un pecado original inexistente. López es un vasco libre, un español libre: sin culpa primigenia ni vicio de origen. Y su triunfo es el de quienes se han negado a aceptar la dominancia de un ficticio privilegio de la identidad o de la sangre.

Por eso el de ayer fue un día de esperanza. Tiene la política vasca unas características tan excepcionales que ha hecho posible el pacto que tantos españoles añoran por encima de ideologías y banderismos. Una alianza que obliga a no fallar a los principios que la han hecho posible: los de la unión fundacional para ensanchar una libertad restringida. Ahora es al nuevo lendakari al que le toca olvidar aquel triste presagio de la madre de Joseba Pagazaurtundúa: ojalá no haga nunca nada que vuelva a helar la sangre derramada.