David Gistau - Lluvia ácida

Lobo/serpiente

España ansía regresar a las vacaciones de antes y al consumo de serpientes de verano. A la rutina

David Gistau
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El hecho de que España haya estado unos días pendiente de si una pareja de Fuenlabrada conseguía o no imponer a su primogénito el nombre de Lobo me trajo el recuerdo de los lentos veranos de antaño. Cuando en las redacciones, desoladas, carentes de sentido por la parálisis de la información política, ocupadas por escasos redactores jefe que buscaban una foto de tangas para el suplemento estival y otra de teatro clásico como coartada cultureta, estas cosas entraban gloriosamente en la categoría de «serpiente de verano». Es decir, una pollada inflada hasta la hipertrofia para llenar páginas y confeccionar titulares como sea, pues no todos los veranos conceden un serial tan apasionante como lo fueron los del hundimiento del «Kursk» y el fichaje de Bale.

A las cuitas contra el Estado desalmado y robótico de la esteparia pareja de Fuenlabrada no consigue uno descubrirles el interés. Ni compartiendo la devoción por el lobo. Un bello animal lleno de complejidades sociales pero destruido en la percepción colectiva por la mala propaganda que le hicieron los cuentos infantiles escritos en una época con mentalidad rural, de pequeño propietario ganadero. Hasta el término «lobo solitario», aplicado a los yihadistas, es un error y una infamia porque los lobos todo lo hacen en manada y de acuerdo a una meticulosa jerarquía que los aliena como individuos. Lobo solitario es oxímoron. Y Caperucita seguro que iba provocando.

Que el niño/lobezno de Fuenlabrada haya apasionado a la opinión pública a pesar de que estos veranos de nuestro descontento escupen titulares políticos sin cesar puede considerarse el síntoma de que España ansía regresar a las vacaciones de antes y al consumo de serpientes de verano. A la rutina. A la lucecita de El Pardo ya apagada. A los próceres que no asoman en los periódicos vestidos de traje, sino chupando cabezas de gamba en un chiringuito, o anunciando su elección de lecturas para la modorra, o practicando el deporte elegido, que en ningún caso alcanzará las cotas de heroísmo y virilidad de las costumbres recreativas de Putin.

Estos Veranos del Bloqueo, ahora, y de la Crisis, antes, en los que los partidos políticos tocan zafarrancho de trascendencia y presumen de que ninguno de los suyos se toma un instante de asueto. Pero todo ello, al final, sólo sirve para que contemplemos una y otra vez el espectáculo circular de su fracaso y de su exceso de importancia autoconcedida. Como para no desinteresarse. Como para no aferrarse con una pasión ilegítima a asuntos menores como el niño/lobo que ha adaptado a Mowgli a la jungla urbana de Fuenlabrada y que acaso haya sido amamantado por las ubres de la loba capitolina de Rómulo y Remo, la Luperca. Que probablemente, por cierto, era una prostituta a la que conmovieron los pobres huérfanos fundacionales, si se atiende al origen etimológico de la palabra «lupanar» y al hecho de que, en Roma, a las meretrices las llamaban lobas.

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