La Tercera

La ola líquida

«El PSOE, o lo que sea aquello en que Sánchez lo ha convertido, es el partido que lidera de nuevo la sociedad española. Podemos se desploma y el PP mantiene la distancia con Cs y endulza en Madrid y algunas capitales el sinsabor de una nueva derrota. El separatismo conserva su fuerza desestabilizadora»

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La política es, también para los electores, un estado de ánimo que se mueve por ciclos. Empujada por esa dinámica, la larga campaña electoral de doce meses -que en realidad arrancó con la moción de censura aunque oficialmente lo hiciese en noviembre en Andalucía- ha concluido con muchas piezas principales de la partida cambiadas de sitio. Un año después de la espantá de Rajoy, con aquel bolso de su vicepresidenta plantado sobre su escaño vacío, y de la llegada del Gobierno socialista interino, no queda rastro del marianismo y el PP ha recibido un segundo revés consecutivo, aunque la recuperación de Alcaldías como Zaragoza o Córdoba y, sobre todo, el doble triunfo compartido en Madrid y el estancamiento relativo de Ciudadanos endulzan su sinsabor y lo salvan del abismo. La ambiciosa apuesta de Pedro Sánchez por sí mismo ha resultado en términos generales ganadora: el PSOE, o lo que sea aquello en que su líder lo ha convertido, es el partido que lidera de nuevo la sociedad española. Los comicios de ayer dejan el mapa de poder territorial teñido de pintura roja; el separatismo mantiene su fuerza desestabilizadora, Podemos se desploma y la derecha, autolesionada con su fragmentación, ha saldado el partido de vuelta de las generales con otra derrota que, aun mitigada con aceptables resultados parciales, le vaticina una legislatura más bien penosa.

Desde que Sánchez se aupase a la Presidencia apoyado por todas las fuerzas anticonstitucionalistas del Parlamento, los sectores liberales y conservadores lo han minusvalorado tanto como han sobrestimado sus propias fuerzas. Las elecciones andaluzas constituyeron un espejismo: dieron la impresión de que la jugada del presidente iba a recibir un contundente castigo, cuando en realidad se trataba casi de una carambola del destino. Simplemente, la izquierda se había dormido confiada en la inercia histórica dominante en el tradicional feudo del socialismo. Moncloa, cuya estrategia traza un gurú especializado en la comunicación de impacto publicitario, supo interpretar mejor los resultados y se aplicó a construir un discurso capaz de movilizar a sus electores desmotivados. Su hegemonía mediática le permitió utilizar la irrupción de Vox como un espantajo al tiempo que tomaba la decisión clave: invertir el calendario para aprovechar la confrontación interna de un rival fracturado.

Las elecciones de ayer suponen la confirmación de ese acierto. De haberse celebrado, como estaba previsto, antes de las generales, el PSOE hubiese sufrido tal vez la sensación de hallarse sometido a un progresivo cerco. Pero una vez que el asunto principal, el del Gobierno de la nación, quedó más o menos resuelto, Sánchez sólo tenía que dejarse resbalar por la rampa del éxito. Así, aunque su envite personal en Madrid se ha saldado con un severo tropiezo, no solo ha logrado afianzarse en el primer puesto sino que ha reducido a una palmaria posición subalterna a Podemos, al que podrá arrebatar alcaldías significativas y usar como costalero institucional a cambio de algunas consejerías y tal vez ministerios. Iglesias ha tenido su peor noche, un batacazo sin paliativos, y sólo la entrada en el Gabinete le puede librar del clamor creciente por su relevo.

Además, el presidente ha destruido en este año la cohesión de una oposición que quedó grogui en abril y apenas ha podido remontar su desencanto. Muchos votantes de Vox han desahogado en la abstención su decepción por las expectativas desinfladas, Ciudadanos crece por debajo de sus ilusiones y el PP parece conformarse con mantenerle la distancia. Pablo Casado no ha dispuesto de tiempo para consolidarse y además ha cometido errores claros de planteamiento, de proyecto y de elección de candidatos. El respiro de Madrid le proporcionará cierto oxígeno, tiempo para afianzarse como jefe de la oposición y recomponerse frente a las tentativas de desestabilizar su liderazgo, y sin duda maquilla, por su acusado carácter simbólico, un balance general de tono amargo.

Pero el ciclo actual corre a favor de los intereses del sanchismo. Como Zapatero, el presidente ha conectado con una corriente sociológica de pensamiento líquido, blando, alérgico al conflicto y a los conceptos de esfuerzo o de sacrificio. La cuestión separatista, el primordial problema de convivencia nacional, ha dejado de ser vista como una inmediata amenaza de peligro y en esa deflación la derecha ha extraviado la potencia de su argumento decisivo. Subido en esa ola propicia, decorada con toques populistas inequívocos, Sánchez se ha convertido además, junto al portugués Costas, en el referente europeo de un socialismo que en relevantes países como Francia o Alemania se ha descalabrado hasta registros mínimos.

El resultado español de las elecciones a la Eurocámara anuncia un problema: la elección como parlamentarios de Puigdemont y Junqueras promete un debate sobre su inmunidad jurisdiccional que impactará de lleno sobre el juicio del procès y su sentencia. El independentismo catalán sigue movilizado de forma intensa, y el experimento constitucionalista de Manuel Valls en Barcelona ha obtenido una lastimosa cosecha. El retroceso de Cs en Cataluña desde diciembre de 2017 no cesa; una gran parte de sus votos ha regresado al PSC en apoyo de la estrategia de distensión preconizada por Miquel Iceta.

Se abre, pues, en conjunto, un período de hegemonía institucional de izquierda, cuya vocación de ingeniería social augura transformaciones legislativas profundas e intensas, así como una política de fuerte presión fiscal y gasto público que puede comprometer, en momentos de previsiones muy delicadas, la estabilidad económica y financiera. Al liberalismo le esperan años duros si no reagrupa sus fuerzas y si pasa la legislatura enfrascado en su estéril disputa interna. El Partido Popular necesita un profundo replanteamiento autocrítico, y lo tendrá más o menos a la fuerza, pero Vox tiene pendiente una reflexión sobre la necesidad misma de su presencia y C`s, que guarda las llaves de muchos gobiernos pero ha fracasado en un nuevo intento de superar al PP en su peor momento, no puede seguir vendiendo un sorpasso que no llega. El balance de esa triple división es catastrófico y barrunta una travesía larga, áspera e incierta.