Los límites del mundo moderno, entre la razón y el fanatismo

Por IMRE KERTÉSZ. Premio Nobel de Literatura
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CUANDO hace dos años volví a leer un discurso de Churchill de 1941-en el cual, como vidente político, insistía en la resurrección y en la creación de una Europa unida- todavía reinaba la paz en nuestro continente. Hace dos años los Estados miembros de la Unión Europea se enfrascaban en negociaciones sobre asuntos financieros, negociaciones aparentemente interminables. En Hungría hablábamos sobre la fecha de nuestra adhesión a la Unión Europea, mientras en una pequeña provincia de nuestra vecina Yugoslavia, en Kosovo, se estaba perpetrando, con mucho esmero, la ejecución de una minoría destinada al exterminio.

La OTAN levantaba constantemente la voz de alarma, pero reinaba la paz. Así, la última semana de marzo nos despertamos con un murmullo de aviones y de bombas. Muchas veces planteamos la pregunta si realmente Europa había despertado, o más precisamente, si habíamos despertado nosotros, si había despertado yo. Tenemos que preguntarnos si lo que sucede nos afecta personalmente, porque todavía no ha existido una guerra que no haya causado cambios profundos, que no hubiera causado una transformación en la sociedad o hiciera temblar la tierra por las tensiones acumuladas. Volvimos, una vez más, a pensar en la última Gran Guerra. En aquel entonces sí que nos vimos en una situación de pánico, antes y después del propio conflicto. Acabado el fuego, apareció un Plan Marshall, pero también los acuerdos de Yalta: ambos determinaron la imagen de nuestro continente durante mucho tiempo. En primer lugar, se trataba del bienestar, de la libertad de una vida que merecía la pena vivirse; mientras por el otro lado se trataba de una idea, de un socialismo que realmente resultaba ser el enemigo por antonomasia del bienestar y de la libertad. Es decir, existían dos Europas, y siguen existiendo dos Europas, nosotros lo tenemos que subrayar desde el principio. Si no viviéramos esa situación no se hubiera producido la guerra en los Balcanes. Sin duda, no nos puede producir indiferencia el resultado de esta guerra: una paz vergonzosa hubiera destruido todas las esperanzas de conseguir una paz en Europa, de mantener un continente libre de privaciones de derechos y de genocidios. Sin embargo, nos preguntábamos si se podía atacar a un estado miembro de la ONU tan sólo por haber llevado a cabo una guerra de exterminio contra una minoría en su propio país. Y también cabría preguntarse si no se podría bombardear al mismo tiempo Turquía como solidaridad con el pueblo kurdo. Sin embargo, una afirmación a esta pregunta no es posible. El escritor alemán Thomas Mann, a quien Hitler condenó a la emigración, escribió un ensayo, «Cuidado Europa», el cual cito literalmente:

«Si la verdad no existe y si la verdad se puede transformar, entonces debe de ser objeto del cuidado de muchas personas. Tienen que tomarse en cuenta todos los cambios, los movimientos del espíritu, el mundo y las transformaciones de esta imagen de la libertad».

Y porque este cambio existe, hemos de poner en primer plano a la verdad. Por lo tanto, estamos en la búsqueda, anhelando una definición contemporánea. A mí no me gustan las obras de historiadores o juristas que dicen que no ha sido legítimo el proceso de Nuremberg, por ejemplo. No soy ni historiador ni abogado, pero tras toda la devastación y el horror que la Alemania nazi causó en Europa, los poderes vencedores debieron considerarlo como una especie de catarsis. Sin embargo, no existe duda de que las guerras son impulsadas por intereses de poder, intereses económicos; mas también sabemos que las guerras del siglo XX siempre han sido guerras de índole moral. Nos parecen guerras ideológicas porque cada quien defiende su verdad absoluta, y todos requieren una justificación y explicación éticas, porque cualquier parte en conflicto sabe que actualmente ya no se pueden justificar las guerras ni tampoco admitirlas.

Los límites en nuestro mundo moderno, o postmoderno ya no transcurren entre las naciones o grupos étnicos, sino más bien entre ideologías y valores o entre la razón y el fanatismo. Entre la tolerancia y la histeria, entre la creatividad y el afán destructivo de poder. En nuestro tiempo no creyente las guerras bíblicas tienen su lugar también. Son guerras entre el «Bien» y el «Mal», y por lo tanto tenemos que poner entre comillas esas palabras, porque realmente no sabemos qué es el bien y qué es el mal. Existen muchos términos y muchos significados, y pueden ser algo muy discutido hasta que no hayamos creado un conjunto firme de valores que se base en un sistema común. Aunque el sistema de valores ya no existe, existe un sentimiento de carencia, una conciencia lejana de unidad, que a veces tiene la connotación desagradable de una obligación no cumplida por los pueblos. Esa es la conciencia de la realidad europea, y su ausencia puede crear muchas situaciones de peligro.