LA LIBERTAD COMO OBJETIVO

Por Manuel MARTÍN FERRAND/
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«SOCIALISMO es libertad», el viejo remoquete de las campañas electorales del PSOE, no es, y supongo que tampoco lo pretende, una expresión científica. Fue bueno como eslogan de oportunidad en los días de la Transición, cuando salíamos de una dictadura y libertad era una palabra mágica, un abracadabra de difícil pronunciación capaz de suscitar el entusiasmo, por la derecha y por la izquierda, de cuantos soñábamos con un nuevo tiempo y unos modos diferentes en la vida española. Luego, en función de la paradoja nacional, fue la UCD, los herederos del franquismo más ortodoxo, quienes la cultivaron con más mimo y entusiasmo y, tras la llegada de los socialistas al poder, en ceremonia continuada por el PP, el concepto no ha sido abrogado, pero se ha convertido en un formalismo platónico.

Ahora, de nuevo en tiempos de cambio, conviene mirar con atención los usos que se hacen de la palabra libertad y, para ello, no hay nada más útil que fijarse en lo que pasa en RTVE, el gran destrozo del felipismo perpetuado, a falta de «regeneración democrática», por el aznarismo. El faraónico tinglado audiovisual público, gran generador de déficit y deuda, se ha convertido en una herramienta de la propaganda al servicio de La Moncloa, sea cual fuere su inquilino, y sería deseable que la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero acabara con tan perversa política.

Hay dos síntomas que apuntan en sentido contrario. Según Jesús Caldera, voz autorizada, las tertulias políticas desaparecerán de RNE. Si nos atenemos a los antecedentes, desde 1982 y hasta nuestros días, han sido una expresión oficiosa del poder político y, como apunta Caldera, un sistema de premios y bicocas para amigos y allegados. Igualito con la rosa que con la gaviota. Pero que se haga mal uso de un género periodístico -el más radiofónico como vehículo de opinión- no debe invitar a la supresión del género, sino a la enmienda de su factura por las vías de la profesionalidad y el pluralismo y no por la del ayuntamientos de parroquianos agradecidos.

En alarmante coincidencia, también la autorizada voz de Carme Chacón, que anuncia la preparación de una ley que sustituya a la vigente 4/80 -fruto del consenso de Fernando Abril con Alfonso Guerra, no se olvide-, nos anticipa que «por ley» los debates electorales serán obligatorios en la televisión pública. ¡Qué barbaridad! Me he expresado aquí, más de una vez, sobre la conveniencia de los debates, no sólo políticos y electorales, en la televisión como gran aportación para el fortalecimiento de la opinión pública; pero, cuidado, una cosa es lo deseable y otra lo obligatorio.

Prohibir tertulias y forzar debates no es, precisamente, cultivar y engordar la libertad. O se la entiende como el objetivo de una convivencia, en la que la democracia es la técnica para su consecución, o es mejor dejar las cosas como están. Siempre se puede ir a peor.