La libertad por bandera

Por Consuelo ÁLVAREZ DE TOLEDO
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La bandera, ese trozo de «lienzo, tafetán u otra tela, de figura comúnmente cuadrada o cuadrilonga», según dice el diccionario de la Real, se convierte en algo más cuando se entrecruzan problemas esenciales. Y es de este modo que algo tan prosaico como un trapo puede transformarse en símbolo de libertad. O de normalidad democrática, simplemente. Ayer mismo el Parlamento Vasco decidió por mayoría instar al Gobierno de Ibarretxe para que la bandera de España ondee en todos los edificios públicos en amor y compañía de la ikurriña. No se trata de hacer ninguna de guerra de banderas, aunque algunos se empeñen en caer en banderías. Se trata sencillamente de que el Gobierno vasco cumpla la legalidad vigente, de hecho vergonzantemente ignorada. En una democracia normalmente organizada, las banderas no suelen ser objeto de debate. Por eso la votación de ayer era, en sí misma y por su objeto, todo un símbolo de la situación política vasca. Juan José Ibarretxe está condenado a la derrota hasta que decida convocar las elecciones. Y así quedaba una vez más en evidencia la soledad del Gobierno Vasco. Y el PNV, tras perder frente al PP, PSE y UA, recriminaba lacrimógenamente a Herri Batasuna su abandono y la «pérdida de las señas de identidad vasca». La agonía del lehendakari se agudiza. Mientras tanto, la sociedad vasca despierta y se revuelve, imparable, frente a la «opresión» que ayer mismo denunciaban los profesores de la Universidad.